De la cancelación a Quiroga a los recreos violentos con “El juego del calamar”

Entre currículas modernizadas que dan cuenta de inquietudes contemporáneas y la tentativa de cancelación de autores clásicos, la escuela debate sobre cómo abordar distintos tipos de violencia, en tiempos de la descarnada serie coreana.

Entre currículas modernizadas con libros que dan cuenta de inquietudes o clivajes contemporáneos y la tentativa de cancelación de autores clásicos -como ocurrió con usuarios de redes que salieron a cuestionar la inclusión de textos de Horario Quiroga como lectura escolar sugerida- la escuela se convirtió en el escenario central del debate sobre cómo abordar con niños y jóvenes distintos tipos de violencia, en tiempos en que la descarnada serie “El juego del calamar” se filtra de la pantalla al aula promoviendo desde polémicas hasta juegos de representación violentos en los recreos.

Horas después de que en Twitter se encendiera una polémica acalorada e infinita entre quienes denunciaban la violencia de los cuentos de Quiroga y afirmaban que podían traumatizar a los chicos que los leyeran en la escuela, la escritora Mariana Enriquez, en el marco de una entrevista con Télam, sembró la duda sobre la conveniencia de que sus textos fueran parte de la currícula escolar: “Hay gente dándole mis cuentos a chicos de secundaria. Es un disparate.

Tienen cosas muy sexuales, pero no en el sentido de ocultarle la sexualidad a los chicos, son cosas muy terribles, que no están buenas, crueles, que son para un registro adulto de cómo entender los impulsos”.

¿Cuál es la diferencia entre una lectura hogareña y la que se hace tutelada por una institución? ¿Leer terror prepara a los niños para las inclemencias del mundo o no es ideal para un primer acercamiento a la literatura? ¿La escuela debe facilitar este tipo de contenidos o deben quedar librados a las elecciones que cada lector hace en privado? ¿Los libros tienen edad? Consultados por Télam, escritores y especialistas piensan cómo se da esa dinámica compleja en la que la apertura de la currícula coincide con un problema epocal: la posibilidad de que desde la misma escuela, garante de pluralidad y debate, se reproduzcan los mecanismos que alimentan el odio o violencia y su reacción sintomática, la cancelación.

Carola Martínez Arroyo

Carola Martínez Arroyo es editora, escritora y capacitadora. Dirigió el programa de lectura de la Ciudad de Buenos Aires “Leer para Crecer” y trabajó para el Plan Nacional de Lectura. “Creo que detrás de estas cuestiones de la cancelación está la idea de que los niños son tabulas rasas -sostiene Martínez Arroyo al analizar la polémica twittera alrededor de la obra de Horacio Quiroga-.Y la realidad es que los chicos y las chicas se enfrentan en el día a día a cuestiones más tristes y complejas: estamos en una pandemia, la gente pierde el trabajo y todos estamos más empobrecidos. Es rarísimo, entonces, que intentemos que la literatura sea un lugar más light”. La escritora advierte sobre cierta “adultocracia y adultocentrismo” al momento de negarle a un niño el acceso a un libro: “Se subestima a los niños, se cree que no van a poder discernir. Es cierto que los libros nos marcan, pero no hacen magia, si no lograríamos vacunar a toda la población mundial con un libro sobre los beneficios de la vacunación”, razona y advierte que hay una “fuerte embestida de lo políticamente correcto, un ojo raro para juzgar la literatura mientras nos desentendemos de la violencia real de este mundo”.

Sergio Aguirre

El escritor y psicólogo cordobés Sergio Aguirre, referente de la literatura juvenil de misterio y terror, no estaba al tanto de la polémica alrededor de Quiroga pero el tema lo toca de cerca. “No sabía nada de esto, pero yo empecé a leer a Quiroga por un celador que nos leía sus relatos. Para mí fue la puerta de ingreso a la lectura. Te imaginarás qué opino. Si no ponemos en contexto la lectura vamos a terminar cancelando todo”, advierte en diálogo con Télam.

Pablo Vommaro

“La polémica sobre los cuentos Quiroga nace de una lectura descontextualizada. Al texto hay que leerlo en su ámbito de producción, a la luz de la experiencia de vida y de los sentidos de su autor. De ninguna forma podría decirse que esos relatos fomentan el odio, la violencia o la xenofobia”, sostiene el historiador y doctor en Ciencias Sociales Pablo Vommaro. El docente e investigador, que también es co-coordinador del Grupo de Estudios de Políticas y Juventudes de la UBA, cree que la lectura no debe ser solo “con ojos absolutos y actuales” y, para eso, cree que es necesario que sea acompañada y orientada por un docente pero también articulada con la participación de los pares: “En el aula, es muy importante leer con otros porque permite alcanzar la comprensión de textos complejos sin caer en el gesto de descontextualizarlos”.

Además de la importancia del acompañamiento con orientación, Martínez Arroyo aclara que la elección de materiales educativos implica atender al contexto en el que serán abordados: el aula, la biblioteca o la lectura solitaria son instancias disímiles de la lectura. “Los libros que están en la escuela no son los mismos que los de la casa. Y además, todo cambia mucho según el docente y el bibliotecario que intervengan en la elección y en la forma en la que se guíe la lectura. Con buena mediación, los libros no tienen edad”, defiende.

“No creo que cualquier libro se pueda leer en el aula, pero tal vez sí muchos más de lo que suponemos. Lo importante siempre es que ese acompañamiento tenga un grado de pasión, de gusto propio por esa lectura, que es la verdadera invitación a leer”, coincide Aguirre.

Martínez Arroyo asume -desde esa perspectiva que le ha dado su trabajo con los libros pensados para el aula- que con los años su cabeza “ha ido cambiando”. “Solía pensar que era horrible que hubiera autores que escribieran cosas para asustar niños. Pero después, escuché argumentos como los de Pablo De Santis. Él sostiene que escribe terror como una forma de darle herramientas a los chicos para que se sientan preparados para afrontar determinadas situaciones. Y dice algo que es cierto: en definitiva, el libro se cierra y se termina, y aun cuando queden cosas dando vuelta, es una instancia finita”.

Del terror de la literatura al horror del mundo real

La intervención de Mariana Enriquez sobre su propia obra en el contexto escolar abrió el debate sobre si es conveniente que estos géneros lleguen al aula en el marco de la currícula. “Probablemente leí cosas terribles a mis 13, 14 años, pero en mi casa. Eso está bueno, porque tiene que ver con cómo lo elaborás y lo pensás vos y entra en tu educación sentimental. Ahora, en la organización institucional digamos, enmarcar una perversión sexual… qué sé yo. No sé si es el lugar, me parece que pasa por otro lado y que tiene que ver con el terror, el fantástico, la ciencia ficción y la infantilización del lector de esos géneros. Por ahí durante mucho tiempo tuvo que ver con los lectores de esos géneros, porque no entraba en la literatura”, analizó la autora de “Nuestra parte de la noche”.

Para Vommaro, en el aula se puede leer cualquier cosa “mientras no sea apologética de un delito”: “Trabajar distintos tipos de textos es una forma de acompañar a niños y jóvenes en situaciones complejas. Eso es parte de la tarea del docente: proponer lecturas desafiantes, disruptivas, que nos corran de la monotonía y que nos propongan un movimiento. Tienen que ser siempre acompañada, dialogada donde se reponga cuál es el sentido. Una lectura en el marco de una red semántica”.

Aguirre defiende el terror como un género ineludible por su función catártica: “Es muy potente y creo que esa potencia es emocional, esa emoción que se siente cuándo se cuentan relatos de aparecidos alrededor del fuego en la noche. En todos los tiempos y en todas las culturas hay un imaginario terrorífico que encarna simbólicamente los miedos humanos, los miedos de su tiempo y de su lugar. En ese sentido es un género ineludible, también por su función catártica”. ¿Por qué escribir terror para chicos en un mundo tan violento y hostil? “No creo que los ayude a soportar las inclemencias de la vida en un sentido lineal pero como cualquier lectura nos enriquece simbólicamente. De la mano de Horacio Quiroga le perdí el miedo al libro. Paradójicamente, con un libro de relatos de miedo”, sostiene el autor y resalta que el género ha tenido históricamente un sentido de advertencia muy claro.

La escuela también atiende desde hace muchos años la violencia que llega de las pantallas, pero las plataformas, el acceso irrestricto a internet y la dinámica viral que asumen ciertos consumos culturales sumaron, en los últimos años, un condimento. En forma paralela al estallido de popularidad de la serie coreana “El juego del calamar” -una de las más vistas en la historia de la plataforma- , las escenas de violencia y la manera particular en que la serie las articula, involucrando juegos infantiles, generaron repercusiones en las escuelas: juegos de representación violentos en los recreos o polémicas y discusiones sobre la trama durante las clases. ¿Qué hacer cuando la violencia trasciende la ficción y pasa de la pantalla al aula?

Vommaro suma matices a la discusión y aclara que la violencia está instalada en la sociedad y que afecta a los niños en direcciones variadas: de la pantalla a la escuela, de la escuela a la pantalla, del barrio a la escuela y de la escuela al barrio. “No creo que uno pueda compartimentar la violencia. Violencia también es la más absoluta desigualdad. Y, además, muchos jóvenes perciben que la escuela es un ámbito hostil en la relación con sus pares o con los profesores. La escuela tiene que procesar las desigualdades transversales y hacerse cargo de las violencias que genera o reproduce”. Sostiene que no le preocupa que la violencia de la pantalla llegue a la escuela “mientras la institución sea capaz de tramitarla y logra tener una actitud crítica y reflexiva”.

Para Martínez Arroyo, la pandemia, con sus dinámicas de aislamiento y sus curvas de contagio y muerte, sumó un nuevo desafío: “Será súper necesario, en los años que vengan, elegir para el aula libros que tengan que ver con este contexto y hablar de la muerte será importante: todos perdimos a alguien, estuvimos cerca perderlo o accedimos a la angustia que trajo la enfermedad”.

Ahora que la realidad renovó aquello que entendemos como “terrorífico” o violento, se deberá repensar en el marco del aula qué tanto la ficción puede ayudar a transitarlo.

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