Adiós a un artista incomensurable: Guillermo Roux, el pintor de las muchas vidas

Autoproclamado “artista de tiempo completo”, Roux inició su vasta carrera en los años 40 y siguió dibujando hasta sus últimos días.

Dibujante, acuarelista, pintor, el artista plástico Guillermo Roux falleció a sus 92 años y deja un legado de esos que agigantan la producción artística local: una obra que entiende el arte como autoconocimiento, sin miedo a los cambios estructurales, profundamente personal y también arriesgada que encuentra en la materia de sus recuerdos y sus memorias la poética del decir, de la belleza y de la inmensidad de la búsqueda cuando se produce arte mientras se mira y se vive no una sino muchas vidas.

Hijo del dibujante e historietista uruguayo Raúl Roux, Guillermo nació en 1929 en el barrio porteño de Flores y descubrió el arte de ver a su papá trabajando: desde la estatura de un niño que apenas llegaba a la mesa de trabajo, deseaba poder ver más allá de la cartulina en blanco y le pedía a su papá que lo subiera a su falda para ver cómo de pronto la hoja en blanco se transformaba en una historia o en dibujo.

Con la huella de esa infancia, su recorrido profesional arrancó dibujando “humildes” viñetas e ilustraciones, como una forma de ayudar a su papá, a quien veía trabajar largas horas sentado en su escritorio. De hecho, una anécdota que el artista solía contar era que en una de esas jornadas compartidas, siendo apenas un niño de primaria, pintó un Everest para su papá.

Más tarde decidió él también estudiar dibujo, se formó y trabajó en la editorial de Daniel Quinterno, en los años 40: “Era un obrero del tablero”, definió la experiencia en varias entrevistas, donde también confesaba la dificultad de esos inicios, como lo señaló en un reportaje con el diario Página12: “Entrar en el mundo del arte me sentó mal. Era muy competitivo. Me llevó mucho esfuerzo encontrar mi camino. Pero no tenía las ideas claras”.

Después de ese trabajo de jornalero gráfico, como también lo llamó alguna vez, Roux trabajó varios años en Italia restaurando frescos y mosaicos. Los murales marcaron también un legado de su obra, como el trabajo que hizo en las Galerías Pacífico en 1994 cuando junto a Josefina Robirosa, Carlos Alonso y Rómulo Macció completó el más importante ciclo pictórico realizado en el país, en el reciclaje de las porteñas Galerías Pacífico. Las decoraciones murales completaron el conjunto iniciado en 1945 por los maestros Lino Enea Spilimbergo, Manuel Colmeiro, Antonio Berni, Demetrio Urruchúa y Juan Carlos Castagnino quienes pintaron la cúpula y testeros del edificio.

Además de Italia, Roux también vivió en Jujuy, donde trabajó como maestro -eligió ese destino sabiendo que le posibilitaría hacerse de un sueldo razonable con horas disponibles para la pintura-, y en Nueva York. Finalmente se proclamó “artista de tiempo completo” tras el encuentro con Franca Beer, su mujer y marchand desde hace 50 años. En 1982 participó en la Bienal de Venecia y expuso su obra en los mejores museos y galerías del mundo.

Esa condición de trabajador trazó mucho de la impronta de Roux, dado que siempre dio cuenta de la contradicción entre la manutención económica y el tiempo dedicado a la creación de obras. “Yo no soñaba con ser pintor. Soñaba con ser dibujante, hacía lo que tenía que hacer y me ganaba los mangos todos mis meses. Hoy cuando pinto, pinto. No hago una gran alaraca porque pinto, simplemente laburo”, dijo en un programa que se emitió por Canal A.

Guillermo Roux vivió en muchos lugares, por eso a veces se definía como “nómade” hasta que encontró que su lugar en el mundo era Buenos Aires. De ese movimiento constante, de ese tránsito entre lo visible y lo inefable, se deduce también su capacidad artística para generar cambio estructurales en su trayectoria, cambios de soportes, temas, indagaciones: en los 60, collages montados; de su etapa en Jujuy las pinturas hechas en arpillera; luego las acuarelas que lo convirtieron en un destacado acuarelista con proyección internacional con numerosas muestras en museos Europeos, o las carbonillas de retratos y figuras humanas.

En una entrevista que le hicieron hace poquitos años desde el Ministerio de Cultura de Nación, le preguntaron: “¿Cuáles de sus obras le generaron mayor placer?”, Roux respondió: “En el momento que lo estoy haciendo el mundo es ese. En el momento que lo dejo de hacer es porque ya el mundo dejó de ser. Como las palabras, que se gastan…”

Y agregó: “También las formas o los símbolos, a fuerza de verlas, pierden sentido o el sentido ya no es el mismo. El Obelisco era alto cuando las casas eran bajas, pero ahora quedó chiquito porque las casas de alrededor son muy grandes. Los sentidos de los símbolos, las palabras, necesitan ser renovados, actualizados”.

En ese afán de renovación, su obra también tuvo un giro disruptivo en el año 2018 cuando exhibió “Diario gráfico” en el Museo Nacional de Bellas Artes, donde reunió 290 dibujos realizados con birome entre agosto de 2015 y diciembre de 2017, luego de regresar del hospital a su casa de Martínez, donde pasó horas de madrugada desvelado, dibujando desde la cama en sus cuadernos. En esos dibujos, Roux -como solía hacerlo- ofrece una narrativa en tinta sobre la experiencia de su rehabilitación: la pileta, su kinesióloga y las personas con las que se vinculaba en esas primeras sesiones que le devolvieron movilidad e independencia.

Así como la experiencia de su internación se reflejó en un contexto y marco de producción del artista, esta relación con su propia verdad no se restringe al último tiempo; de hecho para el arte era también una forma de conocer. En los 90, en una entrevista con Télam, Roux señalaba que su pintura “es absolutamente autobiográfica… y aspira a cierta trascendencia. No creo en las lecturas posmodernas que hablan de la pérdida del sentido trascendente del arte. Para mí sigue siendo imprescindible pensar en la supervivencia de una obra a través del tiempo”.

En este sentido, para la periodista María Paula Zacharías, que publicó su única autobiografía, “Guillermo Roux en sus propias palabras”, Roux ha sido “un hombre que ha pintado siempre mirando su caballete, nunca para el costado. Por eso, porque es una pulsión propia, no puede inscribirse en movimientos que agruparon artistas en diferentes períodos. Él siempre trabajó solo, esclavo de sus propias necesidades de expresión”.

A sus 92 años, Roux murió haciendo. En una entrevista en 2018 con el diario Página12 desmitificó y posicionó su tiempo: “Hay una idea de que los viejos son viejos. Pero llegué a la conclusión de que siento pasiones, siendo viejo, que nos las tenía cuando era joven. Creo que la muerte es muy importante porque es el punto final. La vida es tiempo. Cada instante, cada día, es mucho tiempo que se nos va”.

La vida es tiempo y Roux lo desplegó en el tiempo de arte, ese que transitaba desde su enorme subjetividad como docente, tallerista o como hacedor. Vividor de muchas vidas, como lo decía, fue el arte la compañía de todas ellas y por eso su nombre está entre los grandes; su partida deja la enseñanza de la inmensidad de una obra que no termina y que recuerda que los legados quedan vivos.

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