Agustina González Carman: “Respeto mucho la imaginación de un escritor”

Con una escritura que muestra la seguridad de quien conoce los detalles de un mundo pero también con la certeza de que la ficción requiere de la distancia justa para activar los resortes de una gran historia, Agustina González Carman narra en “Ventanas rotas” una historia de amor sutil dentro del universo carcelario y reflexiona sobre grandes temas como la maternidad, las instituciones y la libertad.

“Ventanas rotas” -17 grises editora- es la primera novela de Carman, licenciada en Ciencias de la Comunicación y autora de “Amores que matan”, una compilación publicada en 2016 con crónicas literarias sobre Felicitas Guerrero y Camila O´Gorman.

La historia principal de la novela, que cuenta el vínculo entre Irene, una empleada del Servicio Penitenciario, y Retamar, un recluso de la Unidad 39 de Ituzaingó, está inspirada en los días que vivió la autora cuando entre 2004 y 2009 trabajó en el Servicio Penitenciario Bonaerense como parte de la fuerza. “En paralelo estudiaba en la Facultad de Ciencias Sociales y esa teoría que absorbía en la universidad se plasmaba todo el tiempo en la dinámica de ese trabajo tan particular. Esa relación dinámica me movilizó muchísimo. Varios años después, me pareció que, desde el punto de vista literario, podría ser interesante correr una cortinita y dejar ver algo de ese mundo tan subterráneo y sospechado”, cuenta Carman sobre cómo nació la novela.

La escribió en gran parte en 2019, en el mundo pre pandemia. “Y cuando en 2020 llegó el aislamiento me desconecté totalmente de cualquier tipo de proceso creativo. Pude terminar de escribirla en 2021 y enseguida empecé el trabajo de edición con Maximiliano Crespi, de 17 grises”, cuenta sobre el proceso.

Carman tuvo desde chica inquietud por la escritura y la lectura. “En mi casa los libros siempre estuvieron a la mano. Tuve una crianza bastante rigurosa pero en la lectura había completa libertad. Cuando tenía 12 o 13 quise leer libros como Nunca más o novelas del Marqués de Sade, que estaban a la mano en la biblioteca de mi padre y él, que era muy estricto, me forraba los libros con hojas de diario ‘para que no tuviera problemas en la calle’. Esos gestos, mirando en retrospectiva, creo que fueron fundacionales”, recuerda sobre cómo ingresó al mundo de los libros.

– Télam: La novela revela cierto conocimiento al detalle del universo carcelario. ¿Cómo lograste manejar toda esa información para recrear verosimilitud y clima?

– Agustina González Carman: Durante esos años de trabajo en el sistema carcelario hice un enorme e involuntario ejercicio de escucha. El slang, los movimientos corporales y los hábitos cotidianos son tan poderosos que uno se vuelve muy permeable a ese sistema de comunicación paralelo. Cuando me senté a escribir la historia salió de una forma muy fluida, como si aún tuviera dentro mío esa forma tan particular del lenguaje. Al notar que la música seguía ahí, tomé la decisión de recrear ciertas voces. Sentí que los personajes se lo merecían.

Como la cantidad de horas de trabajo para el personal del servicio penitenciario es enorme, por las características de la propia dinámica laboral, se viven Navidades, cumpleaños, Día del padre y Año Nuevo. Creo que esas características de lo que Erving Goffman llamó “institución total” generan un nivel de intimidad muy fuerte que, al menos en mi caso, quedaron impregnados durante mucho tiempo después de haber dejado de participar de ese entramado. Esa experiencia directa me sirvió para armar el ecosistema de la novela, pero los recorridos y las aventuras de los personajes son, en su mayoría, ficticias.

-T.: La historia entre Retamar e Irene se desmarca de lo más obvio del encuentro amoroso y tiene los condimentos del intercambio y la escucha. ¿Qué tipo de vínculo tienen y te interesó contar?

-A.G.C.: Una forma distinta de cuidado, que se devela especialmente en el final, y una historia de amor platónico, que es un rubro del amor que me encanta. Si bien parece un amor posible (al menos donde yo trabajé no era extraño que trabajadoras del servicio se relacionaran sentimentalmente con los internos) nunca avanza hacia algo concreto. Son nacidos y criados en el mismo barrio pero el destino de cada uno dispara para un lado distinto. Me gustaba que rondara cierta idea de esperanza, de destino a la medida, aún cuando las posibilidades no parecieran ser muy prometedoras. Esa fe en creer que se puede hacer algo distinto de lo que marca el designio de clase o geográfico. Y también que esa relación de cuidado y protección se diera en un espacio caracterizado por la violencia y la infantilización permanente, donde es muy difícil bajar la guardia.

-T.: Las paredes de la Unidad 39 de Ituzaingó dan cuenta del encierro pero son permeables: familiares que hacen visitas, presos que entran y en un momento salen o personajes como Irene y Gerardo que son retratados en su vida dentro y fuera del penal. ¿Cómo pensaste el adentro y el afuera para retratar el universo carcelario?

-A.G.C.: Intenté contar la historia de un barrio al que le pasa algo muy concreto, le construyen una cárcel, y cómo ese hecho impacta en la vida de los que viven allí. Algunos consiguen trabajo, la economía de los negocios de alrededor crece cuando hay visita, el icónico olor de la cárcel se apodera de los alrededores del lugar, la fisonomía del barrio se modifica por completo, y las historias de las personas que se cruzan en distintas situaciones de la vida, como el detenido que fue compañero de colegio de su guardia cárcel.

Las cárceles están ubicadas en barrios, y a esos barrios les pasan cosas a partir de ese hecho. Cómo vos decís, ese adentro/afuera es bastante borroso en esas zonas geográficas, lo que le da a esos lugares características muy peculiares que intenté que aparezcan en la historia.

Me interesó dar cuenta de la alienación intrínseca a las instituciones y también su costado salvador, que muchas veces lo tiene. La cárcel propone una ruptura muy radical del ordenamiento social básico y una despersonalización absoluta, y hoy no pareciera haber una alternativa para trabajar el problema del delito; luego aparece el hospital con sus maltratos pero también con sus recursos; la maternidad con su histórica dualidad o la universidad como una apuesta pero también con ese desconcierto ante una estudiante embarazada. Me sentí cómoda navegando en las aguas del medio del río. Creo que toda buena historia es una historia de crueldad, como le escuché decir a Rachel Cusk, y no me refiero a una crueldad teledirigida sino más bien ubicua, de una forma de mundo. Y agrego que una buena historia no debería tomar partido, en todo caso le debe dar al lector esa potestad.

-T.: “Ventanas rotas” refleja el entramado masculino entre los reclusos pero también la red -tal vez menos obvia o invisible- pero fuerte entre las mujeres que los rodean. ¿Qué se cifra en esos vínculos más velados entre las mujeres?

-A.G.C.: Las mujeres son sostenes invaluables en los esquemas de delito, para muchas familias es un trabajo. El trabajo que les da de comer. Esa participación de las mujeres también es una medida de lealtad y por eso en las visitas de los penales se ven colas y colas de mujeres y chicos. Si vas a un penal de mujeres la cosa cambia, los hombres no visitan con la misma frecuencia a sus parejas detenidas. Es una lógica distinta.

En la novela introduje una versión “extramuros” de esa red de mujeres, que son esas amigas y vecinas que se sostienen entre sí con la maternidad como hilo conductor, que es una práctica muy común en barrios como San Alberto. Tampoco son para mí personajes heroicos o mártires de la historia. Aparecen prácticas abusivas, situaciones de violencia y malas decisiones de esas mujeres que intentan criar a sus hijos. Hay una idea de época sobre “la pregunta por la maternidad” que en muchas personas no se presenta. Me gustaba que apareciera la maternidad como un tsunami que te arrasa, qué es el patrón común en ese barrio, más que como una decisión voluntaria y pensada.

-T.: Durante años, en el blog “Libertad condicional” reflejaste tu mirada sobre la maternidad en un registro más cercano a la autoficción. Para tu primera novela, en cambio, elegiste una construcción ficcional más pura o clásica, algo casi revolucionario por estos días. ¿Qué hay en esa apuesta?

-A.G.C.: Son distintos formatos y momentos vitales. El blog funcionó en aquellos años como la catarsis de una experiencia que muchas sentíamos silenciada, lo que llamábamos el lado b de la maternidad. Hoy podemos decir que las cartas están sobre la mesa, que las reglas del juego están explicitadas y está buenísimo que se hayan movido esos discursos, pero no sería genuino ni interesante quedarse en el mismo lugar.

La primera versión de la novela estaba en primera persona pero mi editor me sugirió un pasaje a la tercera y sentí que era lo correcto. El resultado final me gustó más, y de todos modos es una voz de narración que está muy pegada al personaje principal.

La novela tiene más que ver con lo que a mí me gusta leer. Respeto mucho la imaginación de un escritor. Prefiero las historias que me hagan participar como lectora antes de que me den todo digerido y en la autoficción eso es un riesgo alto.

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