Alrededor de 500 mil personas con hepatitis B y C en Argentina

Existen diferentes tipos de hepatitis y diferentes maneras de contraerlas. La hepatitis A es una enfermedad aguda, esencialmente benigna, que se cura sola en la gran mayoría de los casos. Raramente el virus de la hepatitis A produce formas fulminantes que llevan a la muerte o a la necesidad de un trasplante. Se la puede contraer a través de agua y comida que estén contaminadas con materia fecal que contiene el virus y producir epidemias con cientos o miles de casos. La prevalencia de infección por el virus A tiene una estricta relación con el desarrollo sanitario de las comunidades. Los casos de hepatitis A en Argentina, especialmente los fulminantes, han disminuido notablemente desde que se incorporó al calendario la vacuna en el primer año de vida.

La hepatitis B puede contraerse de manera sanguínea o sexual o en forma vertical de la madre al recién nacido. Es una enfermedad que puede evolucionar a forma crónicas y producir cirrosis y cáncer hepático. La hepatitis B puede prevenirse con una vacuna que todos deben recibir y controlarse de manera muy efectiva con tratamientos antivirales. Es importante destacar que esta hepatitis puede reactivarse si bajan las defensas como ocurre por ejemplo con la quimioterapia.

Por su parte, se estima que la hepatitis C afecta alrededor del 1% de la población de Argentina. Las características principales de la infección por el virus C son la evolución a formas crónicas en el 80%-90% de los casos y la ausencia de síntomas. A pesar de eso, la hepatitis C “progresa en silencio” y es una causa frecuente de cirrosis y cáncer hepático. Afortunadamente, más del 95% de los casos se curan con el uso de nuevos tratamientos antivirales que son de corta duración (8 a 12 semanas) y con muy pocos efectos adversos.

“Actualmente, se estima que alrededor de 500.000 personas en Argentina viven con hepatitis B y C, pero sólo un 30% está diagnosticada. Esto genera dos problemas graves: el primero es el riesgo de contagiar a otras personas y el segundo es la posibilidad de que esta hepatitis produzca daño crónico del hígado que puede llevar a la muerte o a la necesidad de un trasplante hepático”, explica el Dr. Federico Villamil, Jefe del Centro de Hepatología y del Servicio de Trasplante Hepático del Hospital Británico.

El Hospital es, además, un centro de referencia en trasplante hepático a nivel nacional. El Dr. Villamil, explica que “el trasplante está indicado en pacientes con enfermedades hepáticas avanzadas e irreversibles, para las que no se dispone de ningún tratamiento alternativo. El 80% de los trasplantes se realizan en personas con cirrosis hepática que es la etapa final de diversas enfermedades crónicas (como las hepatitis B o C, entre otras) luego de años o décadas de evolución. La indicación del 20% restante de los trasplantes es la hepatitis fulminante que se caracteriza por la destrucción acelerada y masiva del tejido hepático y se asocia a un muy elevado riesgo de muerte”.

 

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