El cambio del clima deja huella en la agricultura – Parte II

El cambio en el clima transformó el régimen de lluvias y de temperaturas a escala global y, la Argentina no es ajena a esta situación. En este punto, la clave para el sector agropecuario estará en implementar las prácticas necesarias para adaptarse y no quedar en el intento.

Cómo medir el impacto en el futuro inmediato

En la Argentina, los cambios que se sucedan en el clima afectarán de diversas formas y con diferentes magnitudes al sector agropecuario. “Las modificaciones en los patrones de lluvias y en las temperaturas, por un lado, alterarán la productividad de los cultivos y de los rodeos; y por el otro, aumentarán la presión que ejercen las malezas, plagas y enfermedades”, señaló Rodríguez quien analizó: “El clima siempre fue un factor de riesgo para la producción agrícola y, en este contexto, la contingencia se verá incrementada”.

En la Tercera Comunicación Nacional, se analizan modelos de simulación del crecimiento y desarrollo de cultivos en escenarios climáticos futuros. De allí se desprende que, en promedio y en la región pampeana, tanto el maíz como la soja se verían favorecidos. Si bien, el rendimiento del cereal podría incrementarse levemente, la oleaginosa rendiría hasta un 50 % más hacia fines de siglo. Con respecto al trigo y en un futuro cercano (2040) los rendimientos podrían disminuir.

“Si bien estos resultados pueden verse como favorables, no hay que perder de vista que se trata de promedios regionales y de una serie de 30 años, lo que implica que las variaciones espaciales y temporales son altas, con zonas donde los rendimientos disminuirán y otras en las que los incrementos serán mayores”, aclaró Rodríguez.

Rodríguez: “El clima siempre fue un factor de riesgo para la producción agrícola y, en este contexto, la contingencia se verá incrementada”.

Según el último informe del IPCC, la temperatura en superficie continuará en aumento a lo largo del siglo XXI, con la posibilidad de alcanzar un incremento de entre 0,3 °C y 0,7 °C para el período 2016-2035 y de entre 1,5 y 4,6 °C al 2100, con respecto a los niveles preindustriales. Datos que proyectan un futuro cada vez más complejo.

“Sobre nuestro territorio el clima ya cambió”, afirmó Pablo Mercuri –director del Centro de Investigación en Recursos Naturales del INTA–, quien fue categórico: “Estamos ante una alta probabilidad de ocurrencia de eventos de alto impacto como lluvias, olas de frío o calor, de condiciones meteorológicas que se modifican muy rápidamente, con las que conviven las producciones agropecuarias y a las que debemos estar cada vez más preparados debido a que estos eventos climáticos no solo son extremos, sino que además, tienen un alto impacto sobre la vida de los habitantes y sus producciones”.

En este sentido, Mercuri consideró a la ocurrencia de precipitaciones extremas en un corto tiempo como una clara evidencia de los cambios. “Tuvimos en el término de 10 días eventos extremos en 11 provincias. Lo que ocurrió en la localidad de Comodoro Rivadavia –Chubut– a principios de abril de este año nos impactó a todos y no deja de ser una alarma a la que tendremos que prestar atención”, acentuó.

“El impacto estuvo dado porque el evento extremo ocurrió en una zona muy árida y sin vegetación en la que no hay manera de retener el agua. Todo escurre y termina, por lo tanto, sobre las zonas urbanas. En especial, afectando a las poblaciones más vulnerables que habitan en zonas bajas, cuenca abajo”, detalló Mercuri.

Natalia Huykman, asesora del área de proyectos en la oficina de la FAO en la Argentina, destacó que “según el IPCC es muy probable que las olas de calor ocurran con mayor frecuencia y duren más tiempo, y que los episodios de precipitación extrema sean más intensos y frecuentes”.

De hecho, “en el centro y noreste de la Argentina, ya se observan aumentos en temperaturas, precipitaciones, escorrentías y rango de distribución de vectores transmisores de enfermedades”, puntualizó Huykman y añadió: “En la zona cordillerana y patagónica, se evidencian reducciones en precipitaciones, derretimiento de glaciares y aumento en las temperaturas, así como en la intensidad de los eventos extremos”.

Frente a esto, las opciones no abundan. “Debemos implementar acciones para la disminución de las emisiones de gases de efecto invernadero y avanzar en el desarrollo de estrategias de adaptación de los cultivos que nos permitan mitigar los efectos”, dijo Rodríguez.

El aumento en la frecuencia de temperaturas extremas, registrado en los últimos años, lleva a que investigadores y técnicos agudicen el ingenio para minimizar los efectos que esto puede tener sobre la producción mundial de alimentos.

“Estos factores generan presión directa sobre los sistemas agroproductivos: limitan la disponibilidad de agua y forraje, acentúan la vulnerabilidad ante plagas y enfermedades y reducen los rendimientos de ciertos cultivos”, analizó Huykman.

Asimismo, Huykman destacó que “en un contexto de crecimiento poblacional sostenido y el consiguiente aumento en la demanda de alimentos, el cambio climático ejerce una presión indirecta sobre las capacidades de uso de las tierras productivas, la vulnerabilidad de las poblaciones rurales y el aumento de las migraciones del campo a las ciudades”.

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