Carlos Ríos: “Cuando tenemos pocas palabras para comunicarnos el lenguaje se torna una cárcel”

Un profesor que dicta un taller de literatura en cárceles, en el que enseña el potencial del lenguaje para pensarse con un futuro más allá del encierro, mientras lidia con contextos asfixiantes, es el eje de “Falsa Familia”, la nueva novela del escritor Carlos Ríos, quien asegura que “cuando tenemos pocas palabras para comunicarnos, para soñar, el lenguaje se torna una cárcel”.

La novela, recorre la rutina de un tallerista, que trabaja en tres cárceles de la ciudad de La Plata, y ve cómo sus vivencias carcelarias invaden su vida personal y su forma de comunicarse con los otros, lo que lo perturba pero no lo hace renegar de esos encuentros con sus alumnos y alumnas, a los que con la lectura y escritura logra llevarlos más allá de las rejas.

La obra, que no tiene una única trama narrativa, invita al lector a conocer y ser atrapado por el atisbo de otras historias tan contundentes como la principal y para ello, el autor introduce una diversidad de textos y grafías: obras de teatro, el formato diario, trabajos de sus alumnos, así como fotografías y dibujos.

Nacido en 1967, en la localidad de San Teresita, Ríos es un escritor hiperproductivo que suele trabajar en dos o tres obras a la vez y cuya pluma se desplaza con la misma comodidad y creatividad por la poesía, las novelas y los cuentos que luego imprime y edita en formato pequeño en su proyecto editorial Oficina Perambulante.

Publicó más de 20 libros, entre ellos, “Perder la cabeza”, “Hikikomori argentino”, “El artista sanitario” y “Manigua”. Como el personaje de “Falsa Familia”, editada por EME, Ríos dicta talleres de literatura en el penal platense de Olmos, situación que dispara la inclusión de situaciones autobiográficas, sin que por ello lo lleve a “romantizar” esa labor, manifiesta en diálogo con Télam.

Télam: ¿Cómo surgió la idea de escribir “Falsa Familia”?
Carlos Ríos: Es una novela que escribí en el 2019, antes de la pandemia. Yo iba a una unidad penitenciaria, salía, iba a otra, volvía a casa. Tomaba 24 micros por semana. Me iba muy temprano y volvía tarde. Yo notaba que pasaba algo en mí por trabajar en varias cárceles. Pensaba hacer un registro más etnográfico, menos literario. No lo pensé como literatura al principio. Podía ser un registro para un texto académico o un libro ensayístico y después se fue conformando el mapa de la novela.

Salía de la cárcel, iba a tomar el micro y escribía. Arturo Carreras habla de escribir con la memoria del día anterior y esto era escribir con la memoria del día, produciéndose, fresca. Escribía sobre lo que rodea el trabajo en la cárcel, pero no es una novela carcelaria. Aparece el trabajo y las condiciones contextuales del trabajo.

Muchas personas que saben que me dedico a esta actividad me dicen: “Uy la de temas que tendrás” y yo me resistía a escribir un libro sobre eso, un poco por respeto a esas personas privadas de su libertad que son siempre narradas por otros y otras. Me resistía, y por eso recién lo terminé narrando después de más de una década de trabajo. La novela tiene zonas experimentales que tienen que ver con las matrices de escritura que uno encuentra en la cárcel: cómo el encierro modifica o construye otras formas de narrar, de materializar la palabra en un papel.

T.: El protagonista es tallerista como usted, ¿le pasaba que ese trabajo carcelario era casi el tema excluyente en su vida personal?
C.R.: Es un poco inevitable y ahí aparece el mecanismo de la falsa familia porque uno está todo el tiempo conectado con ese adentro, con la realidad de la unidad penitenciaria. La novela magnifica eso y el estado residual, mi sensibilidad atravesada por esa circunstancia. Irme a tomar una cerveza y empezar a hablar de eso con mi compañera, un sábado a la noche. Hay una necesidad de hablar. Le debe pasar también a médicos, a enfermeros, que llevan el tema de lo que ocurre en sus trabajos a sus familiares. Es sentir que el escenario íntimo de tu vida es lo público interviniendo en lo íntimo. Me preguntaba ¿Dónde queda mi vida en todo esto, en qué lugar estoy, dónde me reconozco? Cuando conocí a las primeras maestras en (el penal de) Florencio Varela me decían “que no te coma la reja”. Luego entendí que esa metáfora significa que te vas quedando, te vas quedando, y haciendo ese trabajo. Pero estoy conforme, la paso bien.

T.: ¿En algún momento se planteó que fuera una novela de denuncia?
C.R.: Al no tematizar lo carcelario no es una novela de denuncia. He recibido comentarios acerca de mi trabajo muy positivos y muy negativos. La sociedad estigmatiza mucho. Dice “cómo le van a dar un taller literario a presos, no hay que darle nada”. El libro exhibe lo complejo de un engranaje que trabaja en las cárceles y del momento en que uno pasa a ser parte de ese engranaje. Hasta dónde esa hiperrealidad se pasa de rosca y parece lo ficcional. Uno se pregunta esto puede haber sucedido? La novela es un artefacto de percepción múltiple y hay que aprovecharlo, usar todos los sentidos para escuchar, para mirar. No soy un patrón de estancia cuando escribo, me interesa que la novela se abra, que su organicidad se multiplique, se multipliquen las voces. Cuando más abierta está la novela y dejo entrar más voces, más colectiva se torna y es más interesante.

Me gusta mirar luego la novela de atrás para adelante, por el medio, para detectar zonas de sombras y ver qué sistemas se arman en esa zona invisible. (Héctor) Libertella lo explicaba muy bien, decía “yo prefiero leer en la sentina”, esa parte de la embarcación donde hay un poco de agua, de oscuridad.

T.: A pesar de lo estresante del trabajo, de ir de un penal a otro sin casi tiempo para almorzar y de lo difícil de lidiar con el sistema carcelario, el educativo, el judicial, el personaje nunca se plantea dejar de ser tallerista.
C.R.: Con más de una década de trabajo nunca me pasó de rezongar por tener que ir a dar clases a una cárcel. Yo arranco mi semana el lunes en la cárcel de Olmos, encerrado con mis alumnos a quienes les digo: “mi semana arranca acá, arranquemos bien. Vamos a buscar la mejor semana para todos”. Y agrego “me dijeron que la reja come, yo les digo que a la reja hay que ponerla atrás. Ustedes están caminando hacia la libertad. Con más o menos tiempo, pero están cada día que pasa caminando a la libertad. No pongan la reja adelante, porque si lo hacés todo es frustración”.

He tenido alumnos que en toda la semana solo salían para el taller, que el único momento de contacto con el exterior era yo, internos que no recibían familia, ni visitas. Alumnos con los que analizamos pinturas y que nunca han ido a un museo, que no sabían que hay museos gratis a los que podían ir con su familia.

T.: En ese dejar atrás la reja el lenguaje juega un rol importante.
C.R.: El gran desafío de los talleres es posibilitar que el lenguaje abra nuevas posibilidades de vida, de armar comunidad, que internos e internas puedan pensarse en formas de vida diferentes a las que tiene y ahí si el sujeto empieza a ser libre verdaderamente.

En los talleres visibilizamos la importancia de cómo te posicionás en el lenguaje y cómo las personas que te rodean empiezan a ver en vos lo que vos sos a través de las palabras que vas narrando, las palabras que vas soltando, cómo tomamos posición frente al lenguaje y en el lenguaje.

Cuando el lenguaje está muy restringido, cuando tenemos pocas palabras para movernos, para comunicarnos, para soñar, de algún modo el lenguaje se torna una cárcel, es un circuito cerrado; y si a eso le sumamos que en una cárcel las aulas se ven alteradas por los dialectos intracarcelarios más conocidos como berretines o expresiones tumberas, en ese circuito cerrado de la lengua no podés armar muchas cosas. Trabajar sobre el imaginario, sobre diccionarios personales y sociales, ampliar, es abrir más lenguaje para que sea más inclusivo y pueda incluir a esas personas privadas de su libertad.

El desafío es que esa persona se pueda encontrar en el lenguaje, que puedan encontrar las formas posibles de comunidad, que puedan imaginarse formas de vida para sí mismos por fuera de la estructura penitenciaria. El taller trata de expandir esa experiencia que tienen los sujetos con la lengua.

T.: ¿En qué proyecto está trabajando ahora?
C.R.: Estoy cerrando una novela que comencé a escribir en pandemia, se llama “Estonia”, es postapocalíptica, una novela de posguerra, de pandemia que ha finalizado y en la que hay una protagonista que junta barbijos en la calle, los lava y vive de eso. Transcurre en una ciudad detonada, donde no se sabe bien qué pasó. Y también estoy trabajando en una novela, de capítulos intercambiables, que será para publicar en el proyecto de la editorial cartonera Oficina Perambulante.

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