Charlie López: “Los idiomas van encontrando sus propios caminos”

En “Somos lo que decimos” el escritor y especialista en Análisis del Discurso recupera la historia de algunas de las expresiones más populares usadas entre los argentinos.

Expresiones gestadas en la Edad Media y otras de uso cotidiano entre los jóvenes, heredadas del latín o del lunfardo, integran el ensayo “Somos lo que decimos”, donde el periodista y catedrático Charlie López recupera el origen de 300 dichos del habla cotidiana de los argentinos y se centra en las curiosidades y anécdotas de la gestación de expresiones como “No quiere más Lola” o “Vender humo”.

¿A dónde vamos si viajamos a un paraíso fiscal? ¿De dónde viene la expresión “cortar el rostro”? ¿Es cierto que de noche todos los gatos son pardos? ¿Qué quiere decir en realidad “hablar a calzón quitado”?

¿Quiénes son Mongo Aurelio, Magoya y Montoto? ¿Cómo es que “las paredes oyen”? ¿Por qué el ratón es Pérez? En el el surgimiento de estas y otras expresiones que impregnan el habla popular se interna el texto que acaba de publicar el sello Aguilar.

“Charlie (López) ha realizado para este libro una maravillosa recopilación de esos tesoros lingüísticos que cautivan desde la primera página. Estas pequeñas grandes historias nos permiten realizar un viaje a través de las distintas culturas y tradiciones de diferentes partes del mundo”, reseña el humorista Luis Landriscina en el prólogo.

Si bien el texto está en la misma línea que un libro anterior del autor “¿Por qué decimos?”, en este caso se centra en las curiosidades y anécdotas de la gestación de expresiones como “No quiere más Lola”, relacionada con una galletita que se les daba a los pacientes internados en los hospitales o “Vender humo”, una figura legal prevista en el derecho romano.

-Télam: ¿Somos lo que decimos? ¿Nos definen nuestras expresiones?

-Charlie López: Definitivamente sí, cada vez que hablamos decimos mucho sobre nosotros y además hablamos de nuestra extracción de nuestras creencias de nuestra cultura, de nuestra familia, de nuestra preparación académica. Si por ejemplo, alguien dice “A confesión de parte, relevo de prueba”, esa elección nos habla de que tiene algún tipo de estudio legal o si alguien dice: “Tuve que hacer pata ancha porque si no perdía”, encontramos a alguien que, de alguna manera, se vinculó en algún momento con el campo porque, justamente la expresión habla de mantener el equilibrio en un duelo. Todo interlocutor saca conclusiones sobre las características de la otra persona a partir de la forma en que habla.

-T.: Una de las expresiones más actuales, y más aún tras el proyecto presentado por el oficialismo en el Senado de repatriación de capitales fugados, es la de “paraíso fiscal” que surgió de un error…
-C.L.: Sí, porque en realidad la expresión “paraíso fiscal” pretende ser una traducción del inglés “taxshaven” que en realidad es un refugio para los que no quieren pagar impuestos. Se la tradujo como “paraíso” porque existe una palabra muy similar en inglés que es “heaven”. Una es “paraíso” y la otra “refugio”. También hay quien dice que se buscó a propósito esa traducción como forma marketinera de proporcionar los beneficios que ofrecen ciertos países para que quienes depositen dinero allí no tenga que pagar impuestos.

-T.: En la mayoría de los casos consignás la acepción que le da a la expresión la RAE, ¿todavía rigen las preceptivas de la academia?
– C.L.: Por supuesto que sí, porque el Diccionario de la Real Academia Española es un diccionario prescriptivo, o sea que nos dice cómo debemos hablar y de alguna manera mantiene el orden del discurso de la gente que habla ese idioma. Si no tenemos un reglamento, podríamos llegar a una total incomunicación creyendo que todos estamos hablando la misma lengua. Los idiomas van encontrando sus propios caminos a través de palabras que hacen a su cultura, que hacen a la mezcla que se da con las emigraciones o inmigraciones. Ahí aparecen los regionalismos, aparecen las pronunciaciones alternativas. El diccionario es el gran manual que nos dice de qué manera debemos hablar para seguir entendiéndonos.

– T.: Algunas de las expresiones son propias de la jerga de determinada edad, es decir que a quien la usa bien podrían decirle que “Se le cayó una sota”. Vos consignás las frases que han caído en desuso o que son propias de gente de edad avanzada…-C.L.: Yo siempre digo, “Dime cómo hablas y te diré cuántos años tienes” y eso no es muy difícil de probar porque nuestras abuelas y nuestros padres nos lo recuerdan continuamente. O sea, entendemos lo que quiere decir la abuela muchas veces a través del contexto en que usa las frases. Lo mismo pasa con nuestros padres. En la mayoría de los casos no tenemos la menor idea de dónde surgen estas expresiones, pero las usamos correctamente o por lo menos, las entendemos. Por dar algún ejemplo: alguien que hable de un petitero pertenece a una época determinada, y distinta a alguien que dice “cheto” o “concheto”. Ahí en el medio quedaron los “cajetillas”, que en realidad son previos a los “petiteros” y también quedaron los “caqueros”. En general, todos definen una manera de ser, de vestirse y de hablar. Pero cada uno corresponde a una época diferente.
También sucede con algunas frases. “Está en Pampa y la vía”: pertenece a un segmento etario muy diferente al que dice “le cortó el rostro” treinta años después o más aún que “se puso la gorra”.

-T.: ¿En algunos casos registrás más de una versión respecto del origen de la frase…
-C.L.: Cuando uno quiere saber o encontrar el origen de un dicho, hace una suerte de rastreo y ese rastreo. Pero en algunos casos, suele ser impreciso porque en la mayoría de las lenguas se pasan de generación en generación por vía oral es decir, no aparecen como suelen aparecer tantas otras palabras en los libros o si aparecen pero no en la misma medida. Entonces, se produce un fenómeno típico de la etimología que se llama corrupción. La frase va cambiando y el origen pasa a ser otro.

Por ejemplo: la frase “Agárrate Catalina” tiene una versión que dice que Catalina era una trapecista que trabajó en distintos circos de Buenos Aires en la década de 1930 aproximadamente, cuya madre y abuela habían muerto en accidentes de trapecio. En consecuencia era común que cuando ella hacía su número, alguien desde la grada le gritara “Agárrate bien, Catalina”. de manera que no sufriera el mismo destino que su madre y su abuela. Pero hay una segunda versión según la cual Catalina era una yegua que montaba el jockey Irineo Leguizamo y que él, antes de cada carrera le decía “Agárrate, Catalina, que vamos a galopar”. En mi opinión, una dio origen a la otra. Otros dicen que no, pero es difícil saberlo y un modo de resguardar la calidad de la historia que respalda una frase es consignar las versiones que están mejor documentadas.

-T.: ¿Cuál es tu expresión favorita de las que recogiste? -C.L.: Generalmente son mis favoritas aquellas que están bien documentadas y nos cuentan historias fascinantes. Una de ellas es el origen de la palabra “croto” que surgió del apellido de José Camilo Crotto, quien fue gobernador de la provincia de Buenos Aires entre 1918 y 1921 y quien estableció que los trabajadores golondrina, que viajaban a distintos lugares de la Argentina para levantar las cosechas, no pagarían pasaje en ferrocarril. En consecuencia, era común que cuando se pedían los pasajes en las estaciones, aquellos que viajaban en virtud de ese decreto, dijesen “Yo viajo por Crotto”. El hecho de que fueran trabajadores que no estaban bien trajeados, quizás de extracción humilde y que además viajaran, en general, en vagones de carga o incluso en los techos le dio a la palabra la connotación que conocemos.

También “atorrante” tiene que ver con los caños que habían importado de Francia para hacer las cloacas de Buenos Aires a fines del siglo 19 y tenían el nombre de la firma “A.Torrant”. Eran usados en ese momento por los vagabundos para guarecerse de la lluvia o del calor y luego para pasar la noche. Por eso se los empezó a llamar atorrantes en virtud de la marca de los caños.

-T.: ¿Cuál es la que más te sorprendió?
-C.L.: Una de ellas es “Tirar manteca al techo”. Generalmente se la utiliza en negativo como sinónimo de despilfarro. Se dice: “No está para tirar manteca al techo”. Viene de la década de 1930, en la que había un personaje que se llamaba Martín Máximo de Álzaga Unzué, a quien sus amigos conocían como “Macoco” y solía viajar a París. En una oportunidad estaba en el restaurante Maxim’s, uno de los más caros de la ciudad, y mientras esperaba la comida se le ocurrió un juego que consistía en tirar pedacitos de la manteca que le habían servido al techo, usando como catapulta los tenedores. El objetivo era dejar los trozos pegados en las valquirias que estaban pintadas en el techo. El ganador era el que lograba pegar más pedazos y por más tiempo. Después descubrí que ese personaje fue el que inspiró al dibujante Dante Quintero para crear el personaje Isidoro Cañones que participaba al principio en las aventuras de Patoruzú y luego tuvo su propia historieta.

-T.: ¿El lunfardo es una fuente de expresiones de las que usamos los argentinos?
-C.L.. El lunfardo es una fuente inagotable de palabras y expresiones que usamos a diario. Se siguen incorporando. Por eso los diccionarios de lunfardo se van actualizando continuamente. Hay miles de palabras que vienen del lunfardo. Es tan común usar la palabra “bondi” en vez de colectivo o decir “piola” casi formalmente. O decir “que no quiere Lola” cuando una máquina o una persona no está bien. Quizás “ciruja” cayó en desuso y ahora fue sustituida por la expresión “recuperador urbano”.

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