De flâneurs y letras: el encanto de París en la tradición iberoamericana

A partir de la llegada a las librerías argentinas de “[Escribir] París”, con textos de Sylvia Molloy y Enrique Vila-Matas, se renueva una vez más la tradición de los flâneurs argentinos, aquellos paseantes urbanos que deambulan con curiosidad y absorben el misterio de las calles, y que han encontrado en la capital francesa un escenario fértil y un espacio metafórico donde explorar la conexión entre la identidad cultural porteña y la riqueza literaria de la Ciudad Luz.

La editorial chilena “Banda propia editoras” ha decidido volver a circular el texto de la escritora argentina y el narrador español, originalmente publicado en 2012. Este libro forma parte de la colección “Destinos Cruzados”, en la que cada obra está escrita por una autora y un autor que no pertenecen a la ciudad que describen. “Escribir París” contiene crónicas urbanas que auscultan la ciudad desde las singulares perspectivas de los dos convocados.

Molloy se detiene en dos ciudades: la de una estudiante argentina durante los años de la segunda posguerra y la batalla argelina, y la ciudad al borde de la revolución en el Mayo francés. Por su parte, Vila-Matas se sumerge en “Aire de París” y registra la capital como un espacio impregnado de ocupaciones pasadas, desde los lugares frecuentados por escritores y artistas hasta las plazas donde se gestaron movimientos artísticos de vanguardia como el surrealismo.

El filósofo y crítico cultural Walter Benjamin en sus ensayos sobre la Modernidad destacó a París como capital del siglo XIX y analizó en ella todos los signos poblacionales, edilicios, políticos y culturales de la transición. Y en el monumental “Libro de los pasajes” la situó como la ciudad moderna donde el flâneur realiza sus circuitos y tránsitos entre los restos del pasado y las irrupciones modernas. El flâneur es un observador urbano, a menudo un caminante ocioso y con un capital simbólico suficiente para deambular por la ciudad y lograr absorber la vida urbana y las nuevas experiencias cotidianas: la velocidad, la luz artificial, la multitud, el shock, los dispositivos de control y vigilancia, los materiales de las construcciones, el cosmopolitismo, los riesgos, los misterios y las nuevas formas de vinculación entre las personas.

París alienta a la flânerie por su rica arquitectura y urbanismo, con amplias avenidas y calles llenas de historia, por ser escenario perfecto para mirar con ojos un poco extrañados, un poco melancólicos, la vida urbana moderna. Dentro de esta topografía de ciudad nueva, están las galerías comerciales y pasajes que ofrecen ambientes propicios para la reflexión. Porque no son la calle abierta ni las casas, son esas zonas intermedias, donde hay irrupción de calle pero serenidad de casa al mismo tiempo y así como invitan a la cavilación también pueden contener esos “peligros” de la misma condición moderna: el crimen, el delito, el trabajo sexual. El sudamericano de “El otro cielo”, el cuento de Julio Cortázar, deja sus rastros en los pasajes del otro cielo.

Ahora bien, la ciudad, en constante transformación, permite al flâneur ser testigo de los impactos de la modernidad en la vida urbana, convirtiendo a París en un lugar esencial para explorar y comprender la experiencia del caminante urbano.

El texto de Molloy en “[Escribir] París” explora la experiencia cosmopolita de la autora nacida en Buenos Aires en 1938, especialmente en relación con su tiempo en París durante el Mayo Francés de 1968. La narración reflexiona sobre la identidad, la migración y la transformación del cosmopolitismo en la era de la globalización. La autora de “En breve cárcel” y “El común olvido” destaca la precariedad de las lenguas para representar experiencias subjetivas y explora su identificación con figuras marginales. Se aborda la crisis del sujeto cosmopolita tradicional en el contexto de la globalización y se propone una “inflexión crítica”. La narradora se posiciona de manera descentrada y desacralizada frente a eventos históricos como el Mayo Francés, destacando la ironía y la distancia en su mirada. La obra no busca la disolución de la subjetividad, sino que presenta una reflexión identitaria nómade que se redefine constantemente entre lo propio y lo ajeno, distanciándose de la figura tradicional del “ciudadano del mundo”.

Otras miradas sobre París

En 1999, la crítica literaria francesa Pascale Casanova en “La República mundial de las Letras” explica que la fascinación por París en América Latina y otras partes del mundo alcanzó su punto más alto en el siglo XIX, donde poetas como Rubén Darío expresaban su anhelo por la ciudad como un paraíso terrenal. Además, los escritores latinoamericanos, como Gabriela Mistral, inspirados por modelos europeos, rinden homenaje a París, y Walt Whitman compone un himno en solidaridad con la Francia vencida en 1870.

La admiración por París no es simplemente un fenómeno de recolección de elogios, señala Casanova, sino que revela los efectos duraderos del prestigio parisino en la literatura mundial. En Francia, el uso nacional del capital literario ha contribuido a un “imperialismo de lo universal”, ejerciendo influencia incluso en empresas coloniales y relaciones internacionales.

París, como capital literaria, se convierte así en un fenómeno global, aunque la representación de la ciudad a menudo se vea afectada por ambigüedades y malentendidos. El análisis de Casanova destaca cómo la admiración por París trasciende fronteras geográficas, pero también subraya la complejidad de su influencia en la literatura mundial.

En nuestro país, David Viñas en “Literatura argentina y realidad política” (1995) aborda la relación entre la literatura argentina y el contexto político, y analiza las formas de vincularse de muchos intelectuales y escritores argentinos con Europa, especialmente París, en diferentes momentos históricos: Manuel Belgrano, Juan Bautista Alberdi, Domingo F. Sarmiento, Lucio V. Mansilla, Ricardo Güiraldes, y Jorge Luis Borges. La obra de Viñas ofrece un análisis detallado de la intersección entre la literatura y la realidad política en Argentina y se detiene en reflexionar cómo esos viajes fueron fundantes de las perspectivas y las escrituras de los autores mencionados.

Entre las varias tipologías de viajes que propone Viñas, distingue el “viaje colonial” durante el período rosista, cuyas motivaciones fueron básicamente utilitarias y basadas en esas nuevas “luces”: las de una Europa percibida como un conjunto de ideas que validan conductas.

Por otro lado, el “viaje utilitario”, representado por Alberdi, se enfoca en el aprendizaje y la verificación de aspectos prácticos, como lo evidencia el uso de la estadística. Se valora el punto de vista del burgués europeo y se considera el placer como una digresión inaceptable.

Sarmiento introduce el “viaje balzaciano”, donde el deseo de posesión de París desmitifica a Europa, en tanto que Mansilla inicia el “viaje consumidor”, centrado en el consumo puro, desde restaurantes hasta prostíbulos, con un énfasis en aprender sobre lujo y estar a la moda.

Hacia 1880, surge el “viaje estético”, más abstracto y alejado de la multitud, con el museo como espacio de culto privilegiado, e influenciado por las transformaciones en Buenos Aires debido al aluvión migratorio.

Con las instituciones consolidadas, emerge el “viaje ceremonial” que hace del regreso de Europa una consagración del viajero como ciudadano argentino de primera clase. Estos tipos de viajes coexisten y se transforman a lo largo de la historia y dan cuenta de una relación compleja. Molloy describe etapas similares, como el “viaje modernista” con alto tren de vida y consumo estético. Posteriormente, tras la Segunda Guerra Mundial, los escritores tienen estancias temporarias, y hacia los años 60, ya no es necesario viajar a Francia para el reconocimiento. La apertura del espacio para la literatura latinoamericana en Europa genera un intercambio fructífero entre escritores, marcando una nueva fase en las estadías en Europa y la relación entre los escritores en el continente y aquellos que permanecen en sus países.

La larga residencia de Julio Cortázar en París es un punto de inflexión en la forma de concebir el viaje, marcando una búsqueda cultural y literaria que no encontraban satisfacción en Argentina debido a la situación política y cultural. Cortázar, al igual que otros escritores, escribe sus obras en París, en español y destinadas a ser publicadas en Argentina.

En el París de Molloy, la autora argentina comparte su fascinación por la ciudad desde su juventud, cuando llegó a estudiar en la Sorbona. En ese momento, París representaba un lugar misterioso y provocador en medio de cambios políticos como la transición de la cuarta a la quinta república y el conflicto con Argelia. Describe su vida estudiantil con recursos limitados y menciona la influencia de profesores, monumentos y la vida cotidiana.

En mayo de 1968, regresa a un París en ebullición durante la revolución estudiantil. En la década de 1970, ya como académica, vuelve para compartir momentos con destacadas personalidades, como Victoria Ocampo, Olga Orozco y Alejandra Pizarnik, explorando la cocina parisina. Experimenta la melancolía en sus regresos posteriores, enfrentando cambios en la ciudad y la desaparición de lugares familiares.

Para el Boom de los 60, Latinoamérica es su propia París. La selva, el pintoresquismo de las ciudades caribeñas, generales y coroneles, las genealogías disparatadas, las épicas del nuevo mundo, desplazan las callecitas y los personajes parisinos. Cortázar en “Rayuela”, arrojará la piedra, como un acto significativo de este movimiento y saltará del lado “de allá” al “lado de acá”.

fuente: TELAM

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