Deborah Eisenberg, la escritora que logra materializar los límites del lenguaje para narrar el mundo

La escritora estadounidense Deborah Eisenberg vuelve a mostrar en “Relatos”, su reciente libro de cuentos traducido por Federico Falco, su capacidad para contar personajes que parecen a punto de desarmarse y que a partir de encuentros imprevistos se proyectan en un contexto diferente, que no los alivia en sus búsquedas pero les permite alejarse de sus miedos iniciales.

Al igual que en “Taj Mahal”, los cuentos tienen giros y desvíos que posibilitan el encuentro con un otro u otra en espacios públicos, como el de una madre que insiste para viajar a Honduras y visitar a su hija o una mujer que viaja de manera abrupta para reencontrarse con su amante en Montreal, y tensan la idea de visita: en estas ficciones predominan los viajes pero no siempre los que parecen más planificados o quienes se presentan como grandes anfitriones son los más felices.

“Siempre estaba sucediendo algo y siempre había algo lindo a punto de suceder: era como si las cosas por venir no tuvieran fin”, se lee en el cuento “Bajo la 82 división aerotransportada” y esa línea puede ser un eco para entrar en el tiempo de la narración que elige Eisenberg (Chicago, 1945) en los seis relatos que editó Chai en su colección Cuentos dirigida por Falco.

Actriz y profesora de escritura en la Universidad de Columbia, la autora trabaja con maestría el plano de lo que se escabulle al poner en funcionamiento la maquinaria narrativa, ya que no abunda en detalles para contar sus historias sino que las hilvana en esos detalles, deja los huecos, se hace cargo de los saltos y logra materializar los límites del lenguaje para dar cuenta del mundo: es quizás en ese movimiento que radica su potencia como cuentista, en narrar los pliegues de toda existencia.

Los cuentos de “Relatos” van de 1984 a 2003 y ponen en escena la potencia del cruce inesperado y el encuentro en la vía pública como posibilidad que ilumina la cotidianidad cuando pesa porque despeja el conflicto y permite a los personajes pensarse alejados de lo doméstico. En esta coyuntura en la que la pandemia, vacunación mediante, habilitó una vuelta a ocupar el espacio público, estas ficciones de Eisenberg invitan a pensarnos como habitantes de las calles y los bares de una manera más expectante y menos protocolizada.

Hasta el momento los dos libros que se conocen en Argentina de esta autora fueron editados por Chai con traducción de Falco. ¿Cómo abordó esa tarea de orfebrería que implica traducir una obra como la de Eisenberg en la que cada palabra es una pieza que no se suelta y es clave para seguir la narración?

“Traducir a Deborah Eisenbeg es siempre un desafío. Un desafío muy placentero pero, también, particularmente difícil. Es una autora que maneja el idioma de una manera extraordinaria, y sus cuentos suelen tener una especie de arquitectura subterránea de imágenes que se van correspondiendo y haciendo ecos entre sí a lo largo del texto”, grafica el autor de los libros de cuentos “22 patitos”, “La hora de los monos” o “Un cementerio perfecto”.

Sobre como se va construyendo esa arquitectura, el escritor explica: “A veces, esa estructura invisible descansa en la polisemia de algunos términos y eso hace que sea casi imposible de conservar. A veces, todo el universo de comparaciones, metáforas o adjetivos de un cuento hace referencia a una red particular de conceptos: ciertas nociones de ecología, o de física, por ejemplo y eso me obligaba a investigar sobre ese léxico tan específico, calibrar si en el original esa extrañeza científica también estaba presente y como conservarla o no en nuestro idioma”.

“En ese sentido, la traducción pasó a ser una especie de negociación constante entre el texto original y lo que uno puede hacer para llevar esas imágenes al español, tratando de conservar el ritmo de las oraciones, de los párrafos, las aceleraciones y desaceleraciones del texto, los diálogos”, destaca Falco.

¿Ese trabajo de traducción puede pensarse como una forma de reescritura? “En todo caso, no hablaría de una reescritura sino de una búsqueda constante de soluciones a problemas muy puntuales, una negociación entre las dos lenguas, entre qué conservar y qué sacrificar, un buscar soluciones desde la imaginación para un texto que, ya en su idioma original, por momentos carga con su propia extrañeza y es desafiante para el lector”, responde en diálogo con Télam.

Acerca de los libros y sus coincidencias y diferencias, el autor de la novela “Los llanos”, que resultó fue finalista del premio Anagrama y ganadora del Medifé, reflexiona: “Taj Mahal es el libro más reciente de Eisenberg. En los cuentos de ese libro se puede ver cierta continuidad de temas, de intereses y tópicos que marcan los intereses de la autora a lo largo de la década que le llevó escribirlos: el lenguaje y sus representaciones, por ejemplo, el lugar del arte en la sociedad, las diferencias de clases sociales, la vejez, las relaciones intergeneracionales: cómo los jóvenes ven a los adultos mayores, cómo los adultos mayores ven a los jóvenes”.

En cambio, sostiene que “‘Relatos’ es una antología de sus cuentos tomados de varios de sus libros anteriores, entonces la aproximación al armado del libro es otra. Hay una selección de cuentos que busca de alguna manera representar los diferentes períodos y épocas de su escritura tratando de centrase una cierta gama de motivos o temáticas que le den cierta unidad al libro. Lo que es interesante en Eisenberg es ver cómo hay algo de lo particularísimo de su voz y de su acercamiento al cuento que ya estaba desde el principio”.

“Es una autora que comienza a escribir relativamente tarde y lo hace con una voz completamente formada y madura. Los temas van cambiando ligeramente, hay momentos en que se centra más en las relaciones de parejas, épocas en que se centra en los vínculos intrafamiliares, épocas en que se interesa muchísimo por lo que sucede en Centroamérica, pero la forma de acercarse al género, su voz, tan original y única parecieran estar allí desde el principio”, sintetiza Falco.

En 2020 cuando se conoció “Taj Mahal”, la escritora dijo a Télam que no le interesaba “en absoluto empezar a escribir con un esquema, por ejemplo, o un plan y luego tratar de cumplirlo” y explicó: “Es más bien un proceso de localizar un camino hacia alguna pequeña luz interna parpadeante y seguirlo. Alguien me comentó una vez que escribir es mi forma de pensar sobre las cosas, y creo que eso es bastante acertado. No me refiero a ‘pensar’ en el sentido de resolver rompecabezas intelectuales. Me refiero a ‘pensar’ en el sentido de exploraciones mentales y sensoriales de todo tipo”. Esa forma de posicionarse ante la escritura puede ser también una forma de comenzar a leerla, ya que cada cuento es la exploración de un universo que se despliega y se expande mostrando las contradicciones y las fisuras de la existencia.

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