A nivel mundial, se estima que la enfermedad afecta aproximadamente a 2,9 millones de personas.

La esclerosis múltiple (EM) es una afección autoinmune que afecta al sistema nervioso central, y en la que los procesos inflamatorios dañan la vaina de mielina que es la cubierta que protege a las neuronas. A medida que el daño progresa los impulsos nerviosos disminuyen o se detienen, causando una amplia variedad de síntomas que incluyen la pérdida de funciones físicas y cognitivas.
“Los síntomas de la esclerosis múltiple son diferentes según la persona y la fase de la enfermedad. Sin embargo, algunos síntomas son más frecuentes y característicos de esta patología: fatiga intensa, problemas de visión (visión borrosa, visión doble), debilidad muscular, dificultades de coordinación y equilibrio, entumecimiento u hormigueo en diversas partes del cuerpo, problemas de memoria y concentración, y cambios en el estado de ánimo. La educación sobre los síntomas iniciales, tanto en la comunidad médica como en la población general, son fundamentales para alcanzar una alta sospecha clínica y lograr el diagnóstico temprano”, explica el Dr. Pablo A. López, médico neurólogo (MN 105.286), staff del Servicio de Neurología del Hospital Alemán, Unidad de Neuroinmunología.
Esta enfermedad se diagnostica con mayor frecuencia entre los 20 y 40 años. La edad y la severidad del cuadro de forma tan precoz hace que esta enfermedad constituya la primera causa de discapacidad física de origen no traumática en los adultos jóvenes. A nivel mundial, se estima que la enfermedad afecta aproximadamente a 2,9 millones de personas5. Si se extrapolan datos de prevalencia (38 por cada 100.000 habitantes), puede estimarse que en la Argentina podría haber entre 17.000 y 18.000 personas que viven con esta afección que se presenta con mayor frecuencia en las mujeres, en una relación de tres por cada varón.
“Recibir un diagnóstico certero y temprano no solo permite iniciar el tratamiento adecuado, sino que también brinda claridad, reduce la incertidumbre y facilita el acceso a recursos, apoyos y contención. El diagnóstico es el primer paso hacia el empoderamiento del paciente y la planificación de un futuro con mayor control y mejores expectativas” expresa el médico neurólogo. “Un paciente tratado resultará en mejor pronóstico, menor discapacidad, mayor autonomía y, en consecuencia, mejor calidad de vida”agrega.
La enfermedad fue descripta inicialmente en 1868 por el neurólogo francés Jean Martin Charcot, su primer tratamiento específico fue aprobado recién en 1993, pero de ahí en más aparecieron numerosas opciones terapéuticas, con perfiles de eficacia y seguridad diferentes. Actualmente existen diversos tratamientos que controlan el componente inflamatorio de la enfermedad y permiten mejorar notablemente la calidad de vida de los pacientes. Los pacientes diagnosticados y tratados oportunamente pueden tener una vida socialmente plena y convivir mejor con las barreras de calidad de vida que plantea esta enfermedad, entre las que se encuentran: problemas físicos, emocionales, problemas laborales, económicos y/o familiares.
El profesional destaca la importancia de lo que se denomina “toma de decisión compartida”. “La elección del tratamiento debe ser consensuada entre el paciente y su equipo médico. Este proceso considera no solo la evidencia médica, sino también los valores, preferencias y estilo de vida de cada uno. De esta manera, se fortalecen el compromiso, la confianza y la continuidad del cuidado. Para que un tratamiento sea efectivo, este debe poder cumplirse en forma adecuada y a largo plazo. Decidir juntos no solo mejora la adherencia, también mejora la calidad de vida al adecuarse a las características del paciente como un todo”.