Una de las principales dificultades en el diagnóstico del glaucoma es su carácter asintomático en las etapas iniciales, ya que, en la mayoría de los casos, la enfermedad avanza sin causar molestias evidentes hasta que ya generó un daño irreversible en la visión.

Los estudios indican que más de la mitad de los pacientes que padecen glaucoma no saben que lo tienen y el único método para detectar a tiempo el glaucoma es mediante un control oftalmológico, que debe realizarse al menos una vez al año en personas sanas. Si en el chequeo de rutina el especialista detecta algún indicio sospechoso, se solicitarán estudios específicos para confirmar el diagnóstico.
El examen es rápido e indoloro: consiste en una revisión de la función visual y la medición de la presión intraocular (PIO) con un aparato especial llamado tonómetro, que se aplica con unas gotas anestésicas. Además, el oftalmólogo evalúa el nervio óptico y el ángulo del ojo para detectar signos de la enfermedad.
Actualmente, existen más opciones terapéuticas además de la medicación tópica, que históricamente fue el tratamiento de primera línea. Entre las alternativas más innovadoras se encuentran:
Láseres de última generación, como la trabeculoplastia láser selectiva (SLT) y la ciclomodulación del cuerpo ciliar.
Drogas de liberación prolongada, que reducen la necesidad de aplicaciones diarias de colirios.
Cirugías mínimamente invasivas, con postoperatorios más sencillos y sin necesidad de suturas.
La evolución en los tratamientos permite mejorar la adherencia y eficacia del tratamiento, reduciendo el impacto de la enfermedad en la vida cotidiana de los pacientes.