“La ficción te hace difícilmente manipulable”

Cuando la escritora española Paloma Sánchez-Garnica empezó a delinear “Últimos días en Berlín” tenía muy claro que no quería escribir una novela histórica en la que aparecieran figuras emblemáticas del nazismo sino indagar en las adversidades y sentimientos de “gente que vivió esa época, que pisó las calles”, para de esta manera poner de relieve a través de sucesos cotidianos temáticas como el amor, la supervivencia, la maternidad y la libertad de expresión en una época de guerra y horror.

Sánchez-Garnica nació en España en 1962 y es licenciada en Derecho y Geografía e Historia. El primer título que la consagró como escritora fue “El gran arcano”, publicada en 2006. Luego, escribió “La brisa de Oriente” (2009), “El alma de las piedras” (2010) y “La sonata del silencio” (2014), de la que se hizo una adaptación para una serie en TVE.

La semana pasada estuvo en Argentina presentando su nuevo libro “Últimos días en Berlín”, que narra la historia de Yuri Santacruz -un inmigrante de San Petersburgo- que llega a la capital de Alemania luego de una revolución que lo privó de todo. Incluso de su madre y de su hermano pequeño, a quienes las autoridades rusas no le permitieron salir del país.

¿En qué medida la literatura puede contribuir a comprender una época tan compleja como el ascenso del nazismo?¿Por qué volver a un pasado tan doloroso de la Historia? Cuando Yuri asiste al nombramiento de Adolf Hitler como canciller, lleva consigo un sentido de la justicia a flor de piel y, durante el acto, decide defender a un joven comunista que está siendo atacado por las tropas del líder nazi. En ese altercado, conoce a su gran amor, Claudia, y la novela despierta la intriga sobre si es posible que surja ese sentimiento en medio de un contexto de posguerra y desilusión.

“Últimos días de Berlín”, novela finalista del Premio Planeta 2021, implicó un vasto proceso de documentación para ilustrar tanto las mentalidades alemanas como las soviéticas. “Me hago con todo: novelas, ensayos, diarios de gente que dejó plasmadas sus experiencias personales, que se publicaron y que fueron traducidos al español. He encontrado muchos diarios escritos de distintos puntos de vista, tanto del ámbito nazi como del ámbito estalinista”, cuenta la autora sobre los primeros pasos en la producción de la novela, durante una entrevista a Télam que tiene lugar en un palacio que pertenece al Hotel Four Seasons.

La novela, que indaga en temáticas cotidianas como el amor y la familia hasta cuestiones políticas como los crímenes y la libertad de expresión, deja -según la autora- un mensaje de que “deberíamos” estar en alerta. “Nada nos es dado por el ADN. Los derechos, el Estado de derecho en el que vivimos, las libertades que tenemos, la capacidad de decidir como individuos libros, nos lo tenemos que currar y lo tenemos que proteger día a día porque siempre habrá una amenaza latente que -en un momento determinado- puede estallar”, plantea.

“Porque los dictadores, no vienen anunciando ‘¡Os voy a quitar sus derechos!’, ‘¡Os voy a machacar!’, vienen diciendo ‘Os voy a arreglar todo, os voy a solucionar la vida. Todo será mejor, todo será fantástico conmigo. Seguidme’. Y cuando llegan y agarran el poder, entonces ya no tienes ninguna capacidad de reacción”, sostiene la autora.

-Télam: ¿Por qué rechazas que tu novela se catalogue como “novela histórica?

-Paloma Sánchez Garnica: Una novela histórica tiene como base fundamental un hecho o un personaje histórico, que afecta a generaciones. Y alrededor de eso, se ficciona. Yo no trato de Hitler, de Stalin, de la Segunda Guerra Mundial: trato de gente común que vive en casas, edificios, con sus trabajos normales. Sus decisiones no afectan nada más que a sus entornos más privados. Son historias con minúscula que se ven afectadas por las leyes, la ideología, cómo los afectan los prejuicios del nazismo que se van empezando a establecer; cómo van asimilando ese veneno letal del odio, ese aumento arrollador del fanatismo, ese miedo. Cuando estoy leyendo una novela, quiero sentir que me remueve por dentro porque son gente como yo que pisa la calle.

T.: Hay mucha producción sobre este momento histórico ¿Por qué seguir volviendo a este pasado?

P.S.G.: Es un acto de fe porque está todo escrito. No vamos a inventar nada pero, así como la lectura es exclusiva de cada lector pero el libro es el mismo, el escritor entra a un tema con su mochila personal, con sus estudios, memorias, con su edad y tiene una lectura que -a lo mejor- es totalmente diferente dentro de veinte años. En la escritura pasa lo mismo, tenemos un punto de originalidad porque somos individuos únicos. Entro en la escritura igual que cualquier otro que se introduce en esa época, con una experiencia vital, con determinadas lecturas que tiene en su mente. Además, creo que esta novela no trata -y lo tenía muy claro desde el principio- de las consecuencias, de las trincheras, de la Segunda Guerra Mundial ni de los horrores del Holocausto. Quería entender porqué se llegó a ese momento, la época previa. Muchos lectores me han dicho que se han sorprendido que me haya enfocado desde el punto de vista de los “alemanes buenos”. Es que hubo muchos alemanes buenos que tuvieron que guardar silencio, que tuvieron que mirar para otro lado y someterse, que se vieron arrastrados y engañados por esa ideología. No es que todo el pueblo alemán fuera nazi fervorizado. La propaganda funcionó muy bien. Y los “Flautistas de Hamelin” no solamente están en la literatura sino que también en la vida real: el “salva patrias” que se lleva arrastrando a las masas y le promete a las masas que le va a solucionar absolutamente todo ha existido y existirá.

-T.: ¿Cómo aparecen los cimientos del nazismo en la novela y cómo se ve reflejada el cambio de una sociedad?

-P.S.G.: El 30 de enero de 1933 Hitler es nombrado canciller. El primer gran error. Lo subestimaron. El presidente Hindenburg le otorgó ese poder pensando que lo iban a manejar. Para el 5 de marzo, ya había metido a los disidentes de izquierda en la cárcel y el 23 de marzo la Ley de Habilitación le da el poder absoluto durante cuatro años. A partir de ahí aparece la Gestapo, los campos de concentración, y la gente no puede reaccionar porque puede ser sancionada, detenida, aniquilada. Se instala el silencio, el medio, la corrupción, la propaganda, cambian los principios morales. Lo que hasta ese momento la sociedad rechazaba por indefendible, de repente empieza a cambiar, a asimilarlo y a defenderlo, como la violencia contra los judíos. Todos esos cambios que se van produciendo en la mentalidad y que se ven en la novela se producen a partir del momento en que la sociedad ya no puede reaccionar. Cuando se amenaza a muerte a tu madre, a tus hijos, a tus hermanos, a tu marido, tus nietos, entonces te tragas la integridad, te metes tus principios en el bolsillo, bajas la cabeza, dices: “¿Dónde hay que firmar?” y firmas.

T.: ¿Por qué tomaste la decisión de intercalar la ficción con los principios de la propaganda de Joseph Goebbels?

P.S.G.: En principio, cuando los leí pensé ponerlos todos seguidos al principio pero pensé que el lector no se iba a dar cuenta de qué se trataba. Entonces, a medida que iba avanzando en la historia, decidí ponerlos en cada uno de los capítulos en los que más o menos se filtraba esa forma de actuar. En muchos casos, la propaganda se vuelve muy actual. Es la base de la manipulación. Todos los políticos, de todas las mentalidades, la utilizan como mecanismo para atraer al votante. La utilizan en la publicidad, en las redes sociales para enfilar una forma de pensar determinada. Está utilizándose siempre, por ejemplo, en las “fake news”. Una mentira repetida muchas veces se convierte en una verdad. El problema está en que nos dejemos manipular. Está en nuestras manos si nosotros somos capaces de contrastarlas, de ser una sociedad crítica, leída y entonces, decidiremos si aceptamos o no esos mensajes, si les creemos o no. La sociedad alemana era muy fácilmente manipulable.

-T.: Es una novela sobre la fuerza del amor y la supervivencia pero también aparece la idea de la libertad de expresión. ¿Cómo atraviesa este derecho a la narrativa?

-P.S.G.: Los totalitarismos, las dictaduras, las tiranías, lo primero que hacen cuando toman el poder es intentar perseguir, silenciar, apartar, someter a los escritores, a los poetas, los intelectuales y a los periodistas que pretenden contar lo que está pasando. La base de la libertad en una sociedad de un Estado de derecho es que yo como escritora pueda escribir lo que se me da la gana, que como lectora pueda elegir la lectura que quiera, que un librero pueda vender lo que le de la gana, que un editor pueda editar los libros que quiera y estime oportunos, y un periodista pueda contar lo que está viendo sin ninguna carga. Si eso nos lo quitan, nos amarran, nos coartan. Se impone el miedo y se impone la propaganda. Por eso, volvemos a lo mismo: hay que leer. ¿Cómo podemos defendernos como sociedad si no? Un libro es un objeto que podemos tener todos al alcance de la mano. La ficción te hace más tolerante, te obliga a pensar, te remueve. Tienes más vocabulario para pensar, para entender, te vuelves menos vulnerable, difícilmente manipulable y por lo tanto capaz de enfrentarte al poder que te quiera quitar el Estado de derecho en el que vivimos.

 

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