Una joya de zona sur: el legado Alejandra Pizarnik en las calles y en la memoria de Avellaneda

Si como dice el poeta Rilke la infancia es la patria del hombre (y de la mujer), para Alejandra Pizarnik fue en cambio el territorio material y simbólico del que necesitó despegarse para construir una identidad lejos de su familia y otros lazos sinuosos: se fue muy joven de su Avellaneda natal y ya no volvió, pero a 50 años de su muerte la ciudad todavía evoca a la chica que en una tarde de arrebato podía pintar de negro una habitación, la que sufría en silencio la sospecha de sentirse menos querida que su hermana, la misma que un día decidió dejar ese mundo que percibía ajeno para era irse a un lugar en el que hablaran “un idioma parecido al de ella”.

En el aniversario 50 de la muerte de la autora de “En esta noche, en este mundo”, Télam reconstruyó pedazos desconocidos de su infancia y adolescencia junto a Darcy Tortonese, una amiga de la escuela secundaria de Avellaneda, y recorrió las calles y lugares icónicos de la ciudad para trazar un mapa del preciado legado de la poeta y escritora en el territorio que la vio nacer.

Cuando tenía 14 años, Alejandra Pizarnik, llamada cariñosamente entre sus amigas Buma, solía pasar bastante tiempo en la casa de su amiga Hebe Perazzo. Junto a Lía Boriani, conformaban el trío más picante del grupo de amigas de la Escuela Normal Superior Próspero Alemandri (Enspa).

Una tarde como cualquier otra en que los padres de Hebe volvieron a la casa, encontraron toda la habitación de su hija pintada de negro. Total black. Paredes, techo, el cuarto entero vestido de negro. Hebe y Alejandra habían tomado unos vasos de whisky y habían decidido divertirse del modo en que tenían ganas.

Darcy Tortonese tiene 86 años, pero parece muchos menos, y fue compañera y amiga de grado del colegio secundario de Alejandra. Es escritora. Abre las puertas de su casa de Avellaneda donde vive junto a su tortuga, Júpiter, y ofrece café torrado recién hecho. Reconstruye la anécdota trayendo imágenes de su memoria con una sonrisa breve.

Dibuja en su mente cada casa de la familia Pizarnik que visitó: el primer hogar, un pequeño departamento de un complejo sobre la calle Italia. Más tarde, la hoy tradicional casa de la esquina de Lambaré y Necochea. Luego, la de la calle Montes de Oca, poco antes de la ida definitiva de Pizarnik de Avellaneda.

“Alejandra era muy pegada con Lía y con Hebe, ese era su grupo de las travesuras. Yo tenía una amistad más tranquila. El grupo lo completaba Luisa Klein, Luisa Brodeim y Norma Álvarez, éramos todas judías y amigas”, dice Tortonese a Télam.

La recuerda como una persona de ánimo cambiante. Tenía días de estar seria y poco comunicativa, y otros en los que planeaba y protagonizaba líos. “Cuando yo recitaba en la escuela me miraba fijo, me clavaba los ojos sin una mueca ni un gesto. Me atravesaba con esa mirada que tenía. Nosotras no sabíamos que a ella podría gustarle escribir, ser poeta. Era reservada. Lo supimos muchos años después, cuando empezó a enviar correspondencia desde París”, reconstruye.

Infancia e historia

Buma, Flora, Blímele, Alejandra, Sasha. Alejandra Pizarnik fue la segunda hija de un matrimonio de inmigrantes polacos, Rosa (Rejzla) Bromiker y Elías (Ela) Pizarnik, nacida en 1936 en el tradicional Hospital Fiorito de Avellaneda. Su papá era joyero y la familia se mantenía gracias a este oficio. Su relación con Myriam, su hermana, era, al menos, delicada. Según Tortonese, Buma pensaba que su madre quería más a su hermana que a ella.

“Myriam era prolija, compuesta, siempre llevaba lindo y prolijo el delantal. En cambio, Buma tenía siempre una media abajo y la otra arriba, una rayada y una cuadriculada. Otra vez dos diferentes… y no le importaba. Eran personalidades muy distintas”, rememora.

Las vidas de las hermanas fueron tan diferentes como sus personalidades. La salida de Avellaneda de Alejandra ocurrió muy pronto, como un rayo que representó también su despegue artístico y posterior desapego del seno familiar, y el inicio de una carrera cultural que no tuvo techo.

“Alejandra tuvo la necesidad cultural y vital de hacer de su vida escritura, necesidades que eran imposible que se satisficieran en su familia. No era una familia de artistas, era una familia de clase media inmigrante que le dio formación y libertad para que ella estudiara filosofía, pintura, incluso para que se vinculara con un mundo cultural. Ese mundo le quedaba chico. Irse de Avellaneda y de su familia era irse a un lugar en el que hablaran un idioma parecido al de ella, y ese éxodo la llevó a necesitar construir su propio mundo”, analiza la escritora Silvina Giaganti, quien leyó y estudió la obra completa de Pizarnik y además es oriunda de Avellaneda.

“Durante la secundaria Alejandra no era una persona oscura, de hecho hasta la recuerdo de novia con un chico. Más tarde tuvo una relación muy importante con León Ostrov (con quien hay correspondencias que demuestran este vínculo). Ella se trataba con él, era su paciente, pero era una persona tan pero tan inteligente que él no pudo con ella y tuvo que dejar de ser su analista”, recuerda Tortonese.

El legado en Avellaneda

En la esquina de Lambaré y Necochea, un cartel indica la esquina Pizarnik. En Lambaré al 114 solía estar la casa más icónica de los Pizarnik, pero en ese terreno hoy hay una construcción nueva y quienes la ocupan son personas que no tienen nada que ver con Alejandra y su familia.

“Ahora la muchacha halla la máscara del infinito y rompe el muro de la poesía”, reza un cartel de Huellas de la Cultura colgado en el frente, con una imagen de la poeta y una pequeña biografía para quienes transitan la vereda hacia algún lado y detienen su atención en la casa.

Las dos hermanas fueron a la Escuela Nacional Primaria N° 7, ubicada en la calle 9 de julio de Avellaneda. En el frente no hay ninguna referencia al paso por allí de una de las mejores poetas y escritoras de la historia argentina. Tampoco en la Enspa, la escuela secundaria, aunque Tortonese decidió impulsar una acción para poner una placa en su memoria en este aniversario número 50 de su muerte.

Cuando Pizarnik comenzó a frecuentar círculos literarios, talleres y encuentros con escritores, la familia decidió mudarse a la casa de la calle Montes de Oca.

“Para nosotros es un orgullo que haya nacido acá. Sus escuelas, sus casas, su historia está en Avellaneda. Nosotros recuperamos su vida y su obra en los talleres que damos. Cada vez que la leemos, ella está transmutándose de diferentes maneras. Durante un tiempo hicimos lo posible para ver si se podía comprar la casa y tener un museo en su honor, pero por ahora no se pudo”, dijo a Télam Patricia Clavijo, escritora y miembro de la Unión de Entidades Literarias de Avellaneda.

La hazaña literaria de Pizarnik es que se la siga leyendo, se sigan publicando papers sobre su trabajo, se hagan documentales, se la estudie en la universidad y la sigan conociendo los jóvenes. Su hazaña es su permanencia, que no se disfuma y por el contrario se multiplica, a pesar del paso del tiempo.

“Que fuera de Avellaneda me impactó por varios motivos. Y con el paso del tiempo, ese impacto se fue convirtiendo en una especie de habilitación sobre mi propia escritura. Me parecía increíble que hubiera nacido en una ciudad que, según mi aprendizaje, era un lugar en donde no podía haber poetas. Poeta, de Avellaneda. La poeta que sigue marcando el destino poético de los y las poetas de nuestro país”, reflexiona Giaganti.

En las calles de Avellaneda no hay murales de Pizarnik, ni monumentos en su honor. Sin embargo, la Biblioteca Pública Municipal de Avellaneda recibe, de manera ininterrumpida, estudiantes europeos y de diferentes partes del mundo que se acercan porque en alguna cátedra leyeron o estudiaron a la autora de “La condesa sangrienta” o “Arbol de Diana” y quieren más. Se la estudia académicamente, especialmente, en Estados Unidos y en España. Su legado se aloja en Avellaneda pero trasciende océanos y generaciones.

Biografía de un mito

Una mirada desde la alcantarilla / puede ser una visión del mundo / la rebelión consiste en mirar una rosa / hasta pulverizarse los ojos. El poema lo retoma Tortonese en su casa, y no es casual que sea el mismo que luego elige Cristina Piña en la presentación del libro “Alejandra Pizarnik, biografía de un mito”, de Editorial Lumen.

“Ese poema me hace acordar a su mirada, a esa mirada que tenía ella en la vida real. A mí siempre me gustó leerla, su presencia es tan penetrante y poderosa que invade hasta la escritura propia. Es muy difícil eludirla”, sostiene la excompañera de la poeta.

El poema no es casual como tampoco lo es el título del libro: “Biografía de un mito”. Alejandra Pizarnik era una poeta maldita, pero resulta muy necesario complejizar la fusión entre obra y vida para no caer en simplismos que reducen su historia a lo débil, lo oscuro o el carácter suicida. Y este libro lo hace.

“Muchas veces nos encontramos con gente que sabe quién fue Pizarnik, pero jamás la leyó. Ahí, el mito ha oscurecido la figura y la voz de Alejandra. Y ahí hay una voluntad nuestra de contar la biografía de un mito para, justamente, deshacerlo”, dijo Cristina Piña.

En este mismo sentido, Giaganti explica: “Un prejuicio que malogra su lectura es el vínculo entre obra y vida. Esto de: la suicida. Bajo esta idea su obra se constituye, y hechiza, en función de su final. Obviamente se pueden encontrar rastros de temas sombríos en sus textos: la muerte, la sombra, la soledad, la niebla, un destino ineludible. Ahora, leer a Pizarnik desde esa supuesta fragilidad que la llevó al suicidio, me parece que malogra su lectura. Su obra es independiente de su final.”

Alejandra Pizarnik no fue una escritora que escribió desde las entrañas, visceral, como tantas veces se sugiere. Fue una orfebre de cada poema, una poeta que midió cada una de sus palabras. Su legado son sus joyas, pulidas y resplandecientes. Y cada poema es una perla sobre el cemento de Avellaneda, que la recuerda aún pasados 50 años de su muerte.

 

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *