Virus de la hepatitis C, un enemigo silencioso que es posible curar

El virus estudiado por los recientes Premio Nobel de Medicina genera una enfermedad crónica que puede provocar cirrosis y cáncer de hígado, pero puede tratarse. Los especialistas aconsejan extender los testeos para detectarla a tiempo.

La hepatitis C, causada por un virus que fue descubierto por los recientes Premio Nobel de Medicina y que puede provocar cirrosis y cáncer de hígado, es una infección crónica para la cual existe actualmente un tratamiento que permite la cura, por lo que extender el testeo es clave, aseguró una especialista.

“La hepatitis C es una enfermedad crónica producida por un virus que raramente da síntomas agudos al momento de adquirirla pero que va a permanecer en un 80 u 85 por ciento de las personas que se infectaron y con los años puede desencadenar en cirrosis y cáncer de hígado”, describió a Télam la médica infectóloga Elena Obieta, integrante de la Sociedad Argentina de Infectología (SADI).

Obieta, quien es además Jefa del Servicio de Enfermedades Transmisibles y Emergentes de la Municipalidad de San Isidro, señaló que “la vía de contagio de esta enfermedad es principalmente la sangre; en efecto antes de que estos investigadores pudieran identificar el virus, y gracias a esto desarrollar los test, la mayoría de los contagios se daban a partir de las transfusiones de sangre”.

“Hoy el virus se contagia por compartir jeringas, por prácticas médicas con implementos mal esterilizados, por tatuajes y piercings no controlados y en menor medida por vía sexual sobre todo en hombres que tienen sexo con hombres y en algunas ocasiones de madre a bebé, aunque no se transmite por la leche materna”, describió.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), se estima que en el mundo hay 71 millones de personas con infección crónica por el virus de la hepatitis C; el organismo estimó que en 2016 murieron unas 399.000 personas debido a esta hepatitis, sobre todo por cirrosis y carcinoma hepatocelular (cáncer primario del hígado).

Si bien no hay datos oficiales, se estima que en Argentina la prevalencia es el 2% y es la causa más común de trasplante hepático.

Obieta recordó que cuando ella comenzó a estudiar medicina se hablaba de “Hepatitis no A, no B” hasta que se logró identificar el virus que causaba la Hepatitis C, e indicó que “durante muchos años tratamos a los pacientes sólo con interferón, lo que producía efectos secundarios y se curaban menos del 30%”.

La infectóloga describió que “al haberse conocido el genoma viral se pudieron desarrollar tratamientos que son antivirales de acción directa que hoy permiten la cura; es decir, una persona tomando una o dos pastillas por 12 semanas, u otro esquema dependiendo del caso, logra eliminar el virus y tener una carga viral indetectable en forma sostenida, o sea uno busca el virus y no lo encuentra más”.

“Esto no quiere decir que no se puedan reinfectar, porque hemos tenido casos de reinfección, pero sí que estos tratamientos permiten la cura y que el virus deje de afectar el hígado, e incluso otros órganos porque este virus C puede también generar otras manifestaciones como trastornos en el riñón, en la piel, artritis, diabetes tipo 2, entre otros porque tiene una actividad pro inflamatoria”, señaló.

Según la OMS estos tratamiento antivirales “pueden curar más del 95% de los casos (…), lo que reduce el riesgo de muerte por cáncer de hígado y cirrosis”; sin embargo, el organismo alertó que “el acceso al diagnóstico y el tratamiento es limitado”.

En este contexto, Obieta insistió en la importancia del testeo: “Como el virus no se expresa hasta que produce mucho daño hay que buscarlo; es importante que en cada análisis de sangre de rutina se incorpore el test de hepatitis C”, sostuvo.

Y concluyó: “Si podemos identificar a las personas que tienen el virus es posible ponerlas en tratamiento, incluso mucho antes de que tengan daño en el hígado; esto permite anticiparnos a las cirrosis y a los cáncer hepáticos”.

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