Carlos Gamerro: “La epidemia es un gran disolvente de los lazos sociales”

El nuevo libro del escritor y crítico Carlos Gamerro, “Siete ensayos sobre la peste”, recuerda a la mejor genealogía del género en la Argentina, sin ir más lejos desde el título a las “Siete noches” de Borges, una tradición rioplatense que el autor de “La jaula de los onas” y “Facundo o Martín Fierro” honra con sobras a partir del recorrido de epidemias y pandemias en la literatura y las artes, desde la “Ilíada” de Homero hasta la serie “Walking dead”, para interpelar la experiencia contemporánea.

Foto: Raúl Ferrari
Foto: Raúl Ferrari

A partir del libro publicado por Taurus, Gamerro explica que la literatura de la peste puede tener una función, “digamos, práctica” (qué precauciones tomar, cómo reaccionar ante la enfermedad de un ser querido, qué disposiciones sanitarias seguir) que es la que puede parecer más importante en tiempos de epidemia y otra “que podríamos llamar existencial: la peste ha estado con nosotros desde siempre, ha acompañado, y contribuido a dar forma a todas las sociedades y asociaciones humanas”.

“Es una experiencia, una vivencia, una pesadilla que define la condición humana, tanto como la guerra, las migraciones, el sexo, el nacimiento y la muerte”, explica el escritor nacido en 1962 en Buenos Aires. Uno de los aspectos que le interesaba explorar a Gamerro es cómo la vivencia de atravesar una pandemia nos cambia no sólo como sociedad sino como personas: “son cambios irreversibles aunque no nos demos cuenta, y la primera reacción, después de terminada la epidemia, o al menos cuando se hayan aplacado sus terrores más extremos, es olvidarla, volver a la vida de antes: un anhelo natural, comprensible, que manifiestan los personajes de Defoe, de Saramago, de Camus… pero condenado al fracaso, o al autoengaño”, explica el escritor a Télam y agrega: “Después de una epidemia somos otros, para siempre. Leer esta literatura nos ayuda a aceptarlo, y a tratar de entender en qué nos hemos convertido”.

-Télam: ¿Cuál es el disparador que la peste tiene para reunir relatos, escribir novelas o ensayos alrededor del tema?
-Carlos Gamerro: Hasta hace unos cien años se creyó llegado el fin de las epidemias, y la humanidad, sobre todo en el mundo desarrollado, por eso se olvidó de lo que estas pueden hacernos, y se desentendió de preverlas. Y así la que estamos viviendo nos tomó de sorpresa: no hablo sólo de la ciencia, o de los gobiernos, sino de cada uno de nosotros: la mayoría de las catástrofes, sean naturales, como inundaciones, terremotos o tormentas, sean de factura humana como el hambre, los desplazamientos forzados y la guerra, tienden a cohesionar las familias, los grupos, las naciones. La epidemia en cambio es un gran disolvente de los lazos sociales: las otras personas son fábricas de virus, de contagio, de muerte: mi congénere es mi enemigo.

-T.: ¿Eso es lo que aparece en la ficción?
-C.G.: A ese punto iba: las películas de zombis y muertos vivos metaforizan estas fantasías: si mi hermano, mi madre, mi hijo, son mordidos y se convierten, ya no sólo tengo el derecho, sino el deber de matarlos antes de que sigan esparciendo el mal. Así, la epidemia alimenta dos fantasías paranoicas opuestas y simétricas, que en mi libro llamo la hobbesiana y la orwelliana, respectivamente. En la primera, la peste produce un colapso civilizatorio: es el sálvese quien pueda, los gobiernos colapsan, los lazos sociales se disuelven, la humanidad revierte a un estado de barbarie primitiva. Es el guion de toda película de muertos vivos que se respete, y su primera manifestación literaria es quizá la novela “La peste escarlata” de Jack London. Esta idea de una ‘reversión’ al tribalismo es puro mito: como queda claro en la novela de London, el estado de todos contra todos tiene menos que ver con el salvajismo primitivo que con el capitalismo moderno.

En la segunda, los gobiernos se aprovechan de la epidemia, o directamente la inventan, para instaurar un régimen totalitario, una sociedad de vigilancia minuciosa y perfecta. Se trata, como señalé, de fantasías: nada de eso sucede en novelas que, como las de Defoe y Camus, tratan de recrear el modo en que las pestes efectivamente han sucedido en la historia. Pero las fantasías paranoicas, las teorías conspirativas, la imaginación desbordada, el pánico irracional, son una parte integrante de la epidemia, tanto como los virus, el sistema médico y la muerte; y las obras que exploran este aspecto de la epidemia son igualmente importantes e instructivas.

-T.: ¿Y esa pasión despertó en vos leer literatura sobre el tema?
-C.G.: La literatura occidental empieza con una epidemia: la que cae sobre el campamento griego en el Libro I de “La Ilíada”, y es causa indirecta de la disputa entre Agamenón y Aquiles; también con una epidemia se inicia la acción de “Edipo rey”, pues es ésta la que desencadena la fatídica busca de Edipo; la victoria de Esparta en la Guerra del Peloponeso se debió en buena medida a la epidemia que devastó Atenas, acabando con, entre otras, la vida de Pericles, como leemos en “La historia de la guerra del Peloponeso” de Tucídides, el primer relato histórico sobre los efectos de una epidemia, y modelo para los que seguirían, incluyendo el poema filosófico de Lucrecio, “De rerum natura”. Habrá obras en que la peste sea apenas un episodio que interrumpe el curso de otras actividades, como la guerra, en la obra de Tucídides; en otras, la epidemia trae inesperados beneficios, habilitando los deseos prohibidos y las conductas reprimidas, como sucede en el “Decamerón”, en “Muerte en Venecia”, en “El amor en los tiempos del cólera”; especial mención merecen novelas como el “Diario de año de la peste” de Daniel Defoe o “La peste” de Camus, que se ciñen por completo a la historia de la epidemia, narrando cómo la vida de la comunidad toda: porque a diferencia de la mera enfermedad, la epidemia es siempre – aunque el relato ponga a veces el ojo en unos pocos individuos – una experiencia colectiva.

-T.: ¿Cómo marcó la literatura argentina el tema de las pestes?
-C.G.: En la literatura argentina la marca no ha sido muy fuerte hasta ahora, seguramente esto cambiará con la actual pandemia, cuya literatura se está escribiendo en este momento. La fiebre amarilla de 1871 no dejó gran huella en nuestra literatura, no mucho más que alguna mención en el poema “Muertes de Buenos Aires” de Borges; y la gran pandemia de influenza, mal conocida como gripe española, aun menos. Es una pena: en ausencia de una tradición oral, de una memoria colectiva, la literatura podría haber ayudado a que estuviéramos mejor preparados para entender lo que empezó a pasarnos en 2020. Sí aparecen relatos, retazos de historias, de las epidemias que diezmaron a nuestros pueblos originarios, como la viruela negra que se abate sobre las tolderías en “La vuelta de Martín Fierro” y causa la muerte de Cruz (y también, indirectamente, del gringuito cautivo que los indios ahogan “en un charco, por causante de la peste”). Pero Fierro está más contento que triste con el asunto: le parece bien que los indios mueran como moscas, y sólo lamenta que se lo hayan contagiado a Cruz antes de hacerlo.

En “Una excursión a los indios ranqueles” de Lucio V. Mansilla también se narra cómo cae el azote de la peste sobre los indios, pero esta vez con una mirada humanitaria y compasiva. Los gérmenes y virus que los blancos trajeron desde Europa hicieron la mayor parte del trabajo sucio: sin ellos la conquista hubiera sido mucho más ardua, y más lenta.

También en la literatura la peste puede funcionar como aliada de la conquista: en “Crónicas marcianas” de Ray Bradbury, la varicela aniquila a los marcianos tras la llegada de los humanos a Marte; aunque en la anterior “La guerra de los mundos” de H.G. Wells es al revés: los marcianos invaden la Tierra y nos van exterminando con suma facilidad, cosechándonos como verduras, hasta que las bacterias terrestres acaban con ellos. En la conquista de América hubo al menos un episodio parecido: la fiebre amarilla acabó con los más de sesenta mil hombres que Napoleón envió a Haití para sofocar la rebelión de los negros y reinstaurar la esclavitud en la isla: eventos que también dejaron su huella en la literatura, notoriamente en dos grandes novelas de Alejo Carpentier, “El reino de este mundo” y “El siglo de las luces”.

-T.: ¿Cómo ubicás las diferentes “pestes” en tu libro?
C.G.: En este libro me centro no sólo en cómo se vive la experiencia de la peste, sino cómo se la cuenta, y como se la explica a quienes no la vivieron. En uno de los capítulos, titulado “El estilo de la peste”, contrasto por ejemplo la exaltación romántica, plena de apóstrofes, exclamaciones, alusiones mitológicas y elevaciones sublimes de, por ejemplo, Mary Shelley en “El último hombre”, una extensa novela sobre una epidemia imaginaria que acaba con la humanidad, con el estilo periodístico, llano, informativo, de Daniel Defoe. Camus caracteriza de ‘meticuloso y sin brillo’ al estilo de la peste en su novela, pero en su posterior obra teatral “El estado de sitio”, que cuenta cómo una peste personificada termina gobernando a todo un pueblo hasta que la gente deja de creerle y se rebela contra ella, se deja llevar por el impulso lírico-poético y el resultado es patético. También es muy importante tener en cuenta si la obra en cuestión está hablando de la peste en sí misma, o como metáfora de otro mal cualquiera: “La peste” y “Ensayo sobre la ceguera” de Saramago se dejan llevar por la tentación alegórica: la peste que cae sobre Orán es una metáfora de la guerra y de la ocupación, y en la novela de Saramago la ceguera que contagia a toda la población es la de nuestra inhumanidad, egoísmo, o la del sistema capitalista, etc. etc. En la novela de Defoe, en cambio, la peste no es otra cosa que la peste. Es por eso quizás que resulta la más interesante, la más honesta y verdadera de todas las escritas sobre el tema.

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