El dolor ante la muerte de una hermana como esquirla que rearma la memoria familiar

“Parte de la felicidad”, de Dolores Gil, y “Estas piedras”, de Yamila Bêgné, abordan cómo se aborda su ausencia o cómo sigue el mundo sin ese testigo de la propia vida.

Como testigos permanentes o aliados reveladores ante el mandato de los padres, un hermano o una hermana marcan el pulso de la primera parte de la vida y aunque después ese vínculo puede elegir sostenerse o no, la huella de esos incipientes pasos ante el mundo constituyen identidad: cómo se aborda su ausencia o cómo sigue el mundo sin ese testigo son algunas de las preguntas que se plantean las narradoras de “Parte de la felicidad”, de Dolores Gil, y “Estas piedras”, de Yamila Bêgné, dos libros que abordan el duelo por la muerte de una hermana y asumen esa falta como el inicio de un viaje a la memoria de sus familias.

El primero con un registro testimonial que logra nombrar a una hermana, cuya muerte irrumpió en la infancia y quedó difuminada en el relato familiar, y el segundo con un tono más fragmentario que intenta recuperar el recuerdo de otra hermana a partir de lo que puede escribirle directamente a ella, a su madre y su pareja, ambos textos se animan a revisitar ese vínculo de hermandad desde la herida.

“La vida y la muerte no están herméticamente separadas, y el agua que corre no impermeabiliza nuestras vidas del duelo”, dice la rabina, escritora y filósofa Delphine Horvilleur en “Vivir con nuestros muertos”, publicado recientemente por Libros del Asteroide, y un eco de esa idea puede encontrarse en los libros de Gil y Bêgné.

Gil es licenciada en Letras, trabajó como docente y ahora es redactora y traductora y este texto en primera persona editado por Vinilo es su primer libro. Dedicado a su padre, “Parte de la felicidad” comienza con la escena en la que su hermana Manu se cae sobre una ventana, se clava un vidrio en el esternón y se desangra. Lo que sigue es el intento de una familia de seguir ejerciendo los roles asignados pero con un dolor que cuesta nombrar.

La narradora nombra a esa hermana “Manu”, “Manuela” y la pone en el centro de la escritura del libro convertido en una puesta en palabras que funciona como una puesta en acción.

“Cuando vuelve en sueños, me despierto con una certeza: Manu tiene razón. No es que me haya olvidado de ella, pero la borré de mi lenguaje, como una cobarde”, dice en uno de los intentos de traerla al presente o de recuperar su figura difuminada en el relato familiar.

Más tarde dirá que en ese entramado de anécdotas, historias y retazos que componen la memoria familiar dejó de haber forma de nombrar a Manuela: “De a poco, su nombre dejó de sonar en la casa. No fue a propósito: el desconcierto fue tan grande que no encontramos la manera de que siguiera viviendo en el lenguaje”.

En “Estas piedras”, la narradora es Dina y el nombre que no conocemos es el de la hermana que murió, ya que aparece en los recuerdos como esquirlas que se reconstruyen para recordarla: un viaje juntas, la pasión por las piedras que coleccionaba, los momentos de estudio, pero no sabemos su nombre ni hay una registro minucioso de cómo fue su muerte.

Sí sabemos que su hermana Dina tiene miedo de olvidarla: “Vos la conocías muchísimo, amor, no te vas a olvidar de ella”, le dice otro de los más nombrados en la novela, Fede, su pareja. Sin embargo la protagonista insiste y se pregunta varias veces “¿qué es haber conocido a alguien?”.

La narradora de “Estas piedras” narra a su hermana para traerla al presente pero elige hacerlo con fragmentos que funcionan como flashbacks. Su nombre sale de un parlante o queda bien en una placa pero es algo que Dina se guarda para ella en ese tiempo de duelo que habita.

“Pensé en salir realmente. No a comprar y volver. Terminar de salir. Pero todavía faltaban los pasos. El trabajo del tiempo. El tiempo necesitaba seguir”, dice Dina y es Fede, el otro personaje que aparece con nombre propio el que la ayuda a salir o a empujar el tiempo del duelo.

Bêgné también es licenciada en Letras, escribió los libros de relatos “Protocolos naturales”, “El sistema del invierno”, “Los límites del control”, “Los horizontes” y las novelas “Cuplá” y “La máquina de febrero”. En este trabajo, editado por Omnívora, las piedras que recupera de su hermana funcionan como recuerdos condensados sobre los que va esculpiendo la forma que quiere conservar de esa relación.

En su novela el intento de ir al pasado compartido para no olvidarlo se convierte en un esfuerzo que muestra también lo aleatorio e inesperado del tiempo compartido: es algo que irrumpe, asalta, sorprende y no termina de ser atrapado porque escapa de la lógica de la narración. En “Estas piedras” son los objetos, muchas veces, los que disparan la memoria.

Las dos protagonistas son hermanas mayores que reconstruyen los momentos de vida compartidos con hermanas menores pero mientras en “Estas piedras” no hay más hermanos, la familia que se reconstruye en esa narración es la de una madre y sus dos hijas, en “Parte de la felicidad” hay otra hermana Vicky, otra de las sobrevivientes de ese domingo de 1992 en el que la narradora tenía 11 años y “se escurrió la vida tal como la conocía hasta el momento”.

Es Vicky con quien puede pensar y proyectar lo que pasa con su maternidad: “Las dos tenemos algo en común: entendimos temprano en la vida lo que cuesta un hijo, lo sabemos con el cuerpo”, dice.

El libro está dedicado a un padre, ese que “la evoca de vez en cuando, deja caer su nombre, como si intentara que el paso del tiempo no la borre, resistiendo en contra del olvido”. Para esa hija, hay “una distancia difícil de solucionar”: nombrar a Manuela ante el padre.

“Me cuento esta historia para romper el silencio familiar”, escribe en las últimas líneas y esa escritura suena como un tono que descomprime, no porque repare, el dolor es abrumador, pero se transforma en texto, en una forma de afianzar “el corazón a la vida”.

Los dos libros recientes asumen el registro del dolor y el intento de tomarlo como parte de un proceso irreversible en el que recordar es una forma de sobrevivir.

“Hay muchas maneras de narrar la vida de quienes nos dejan, incluso cuando su desaparición resulta extremadamente dramática. Quizá necesitamos asegurarnos de que nuestra memoria permanece fiel a la complejidad de su existencia, que nunca se resume en el componente trágico de su interrupción”, dice Horvilleur en el libro ya citado al comienzo y esa narración puede encontrarse en “Parte de la felicidad” y en “Estas piedras”.

Fuente: Emilia Racciatti, Telam

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.