El rescate de una lengua secreta: la bitácora de Virginia Cosin

Entre el relato autobiográfico y el ensayo, la escritora Virginia Cosin traza en “La pizarra mágica” un recorrido que indaga en la memoria, que explora en la escritura y la lectura, y recupera fragmentos de su vida para, desde lo fragmentario, entonar una voz literaria: “El ensayo es un territorio inestable y precario, de una fertilidad enorme”.

Convencida de que “escribir es editar y un editor es, principalmente, un lector”, Cosin dedica su último libro, que integra la colección Sencillos de la editorial Vinilo, a trazar su biografía como lectora y escritora, cruzada por los meandros de sus relaciones, la maternidad o la mirada sobre el trabajo de sus alumnos en los talleres. Y asume, en una postura que incluso va a contramano de cierto clima de época, que la escritura es un trabajo “silencioso que lleva tiempo” y que la remuneración -la capacidad de aprender a ganarse la vida con el oficio- lejos de ser vergonzante es un asunto a explorar.

Autora de las novelas “Partida de nacimiento” y “Pasaje al acto”, coordina talleres de lectura y de escritura y, en el último tiempo, ha guiado a muchos autores a la instancia de la publicación y el reconocimiento que traen los premios, pero también a la escucha de lo que llama “la propia musiquita”: “Todos tenemos una lengua secreta. Es la lengua de nuestra infancia y de nuestros sueños. Pero la perdemos, la olvidamos, está asordinada por las reglas y las convenciones que incorporamos, a medida que ingresamos en la vida adulta, para poder vivir en sociedad. Está ahí, es la propia musiquita, pero cuesta escucharla”.

-Télam: ¿Cómo nació “La pizarra mágica”? ¿De qué idea o impulso?
-Virginia Cosin: Para mí siempre es un misterio el origen o el comienzo de un libro. Hasta ahora me pasa siempre más o menos del mismo modo: el material ya está prácticamente escrito de manera más bien dispersa y el libro se arma a posteriori, cuando empiezo a revisar carpetas, archivos, anotaciones. En este caso había empezado a escribir una novela, o algo que podía ser una novela, y de pronto me di cuenta de que la voz se me había desviado hacia una zona un poco más ensayística, donde retomaba cuestiones que aparecían de forma recurrente en las charlas que tengo con los asistentes a los talleres de escritura. Me di cuenta de que el tono era diferente de lo que venía haciendo o intentando hacer y abrí un documento nuevo en el que empecé a separar los dos materiales, el de la novela y el de este libro, antes de saber que sería un libro. Hace rato que me interesa particularmente ese territorio inestable y precario, que para mí es de una fertilidad enorme, del ensayo. Un género anfibio capaz de cruzar algo de la crónica, algo de la novela, algo de la teoría.

– En “La pizarra mágica” trazás una genealogía de tu oficio como escritora. Comienza con tu capacidad de lectora temprana, pero con una tendencia a ver las palabras como imágenes y a tener faltas de ortografía. No sos una alumna destacada. ¿Qué de aquella supuesta contradicción o hiato crees que dejó rastro en tu escritura?
– En realidad tengo que confesar que nunca adquirí el oficio. Si me preguntás cómo se hace, no tengo la menor idea. Para mí cada vez es la primera vez. Y la mayoría de las veces no me sale, o me sale algo distinto de lo que yo pensaba que quería escribir o contar o decir. Y ahí está, creo yo, la gracia (al menos en parte) del asunto. No quiero romantizar ni caer en lugares comunes. Pero supongo que la disposición a leer, a leer mucho, y a escribir -dos actividades solitarias, que se hacen en estado de aislamiento, que pueden incluso inducir a un especie de trance, que no son redituables, que se hacen de forma inexorablemente lenta- proviene de algún tipo de debilidad, de falla o de rotura, y de esa misma debilidad puede nacer una especie de fortaleza. En eso sigo a Deleuze cuando dice que el escritor, aunque pase por etapas de locura o enfermedad, no escribe porque está loco o enfermo, sino más bien porque es médico. Médico de sí mismo y del mundo. No sé si el hecho de ser una mala alumna, o una alumna distraída o un poco vaga o, diagnosticarían hoy, con déficit de atención, dejó rastro -por otro lado, sigo siendo esa nena- sino que lo que escribo, la forma en la que escribo es, en sí misma, la marca, el rastro. Lo que creo que aprendí, si es que aprendí algo, es que sólo distrayéndose es posible dejarse atrapar por lo imprevisible. Nietzche lo dice mejor: “Siempre estoy a la altura del azar. Para ser dueño de mí he de estar desprevenido.”

– “Podría vivir solo leyendo. Ya está todo escrito. No necesito pronunciarme”, contás sobre tus primeros pasos de lectora adolescente ¿Cuándo creés que empieza a romperse esa lógica y pasás a escribir?
– Hay un librito muy breve de Proust que se llama “Sobre la lectura”. Ahí él dice que cuando uno es chico lee para evadirse del mundo, para retirarse, para olvidarse de sí. Pero hay un momento, sigue más adelante, en el que además de entrar en el mundo fantasioso del libro, necesitamos salir -ese momento del que también habla Barthes cuando dice que un lector de verdad no lee de un tirón, sino que levanta cada tanto la cabeza para pensar- . Y que es en ese movimiento de irse del libro y volver que uno es tomado por el deseo de escribir. En realidad creo que la cuestión es que no hay ruptura: leer es escribir y escribir es leer.

– El libro también recorre tu identidad como lectora a lo largo de los años. ¿Cómo pensás el vínculo entre lectura y escritura?
– El lugar común sería decir que no se puede escribir sin leer. Cierto. Pero creo que si esto se convierte en una consigna vacía se pierde su verdadero sentido. Para mí es así porque, al leer, lo que hacemos, antes que nada, es separar, discernir. Por ejemplo: cuando subrayamos, separamos un fragmento del texto que por algún motivo nos produjo algo. Al leer activamente necesitamos, casi seguro, leer con un lápiz en la mano. Primero recortamos, aislamos – lo sepamos o no, lo hagamos o no conscientemente – y después volvemos a conectar, asociar, vincular, no sólo lo que nos resuena y nos atraviesa de un sólo libro, sino de muchos, y no sólo de lo que leemos en los libros, o en las pantallas, sino de lugares, caras, sonidos, sensaciones, tonos, gestos, toda una multiplicidad de imágenes y sensaciones que de alguna manera tenemos que traducir, trasladar, desplazar, metaforizar y a las que les otorgamos sentidos nuevos en otro plano que es el de nuestra singularidad. Eso es escribir. Escribir no es crear desde la nada, nunca se crea desde la nada, más bien recortamos, seleccionamos y volvemos a pegar. Por eso le dedico un capítulo a la isla de edición, al montaje: para mí escribir es editar y un editor es, principalmente, un lector.

– Citás a Pizarnik (“Lo más dificil es escribir con una lengua hermosa y, al mismo tiempo, ser fiel a la propia voz”) e indagás en el gesto que repetís en tus talleres: ayudar a buscar la verdad del texto. ¿Con qué dificultades (en el ejercicio propio, pero también con tus alumnos) te encontrás cuando intentás llegar a ese núcleo hondo y oscuro?
– Creo que todos tenemos una lengua secreta. Es la lengua de nuestra infancia y de nuestros sueños. Pero la perdemos, la olvidamos, está asordinada por las reglas y las convenciones que incorporamos, a medida que ingresamos en la vida adulta, para poder vivir en sociedad. Está ahí, es la propia musiquita, pero cuesta escucharla. Pizarnik decía también que las palabras nunca alcanzan para decir lo que se quiere decir. Ella quería escribir una novela, pero sólo le salían poemas cortos. Y qué poemas. Su diario es de alguna forma el diario del fracaso de la novela. Y justamente gracias a ese fracaso llega con su lengua castrada e incompleta a combinar, de forma muy sintética, unas pocas palabras que consiguen rozar lo indecible.

A veces en el taller veo que se esfuerzan como locos por intentar escribir de una forma que por algún motivo les parece “linda” o “poética” o “literaria” o está de moda y entonces trato de llevarlos para otro lado. Es complicado porque muchas veces parece que soy dura, o crítica, cuando en realidad lo que yo quiero es habilitar una salida para que no caigan en esa trampa en la que, claro, yo también caigo permanentemente. Es curioso, pero muchas veces para liberarse de esa trampa no hay que hacer más que un movimiento chiquito, como en esos juegos de encastres chinos, en los que se puede estar horas, días y hasta años intentándolo y de pronto, clic, se desenganchó eso que parecía imposible de destrabar. Como dice Mariano Dupont en “Vida de maniobras”, una novela que me encantó porque justamente habla de todas estas dificultades con lucidez y humor, lo más difícil es luchar contra el ojo hostil, esa mirada despiadada de uno mismo sobre eso que escribe y que puede terminar siendo totalmente destructiva.

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