En Argentina, las enfermedades que transmiten los animales se consolidan como un desafío para la salud pública.

Un nuevo informe de la Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA) advierte que las enfermedades animales están avanzando sobre regiones donde antes no estaban presentes y que casi el 50 % representa una amenaza directa para la salud de las personas. El cambio climático y la degradación ambiental producida por el hombre actúan como aceleradores de este fenómeno, alterando los hábitats naturales y en consecuencia aumentando la probabilidad de brotes y pandemias de origen animal.
Este estudio complementa el publicado en 2022 en Science Advances, que concluyó que el 9 % de la superficie terrestre mundial ya se encuentra en riesgo “alto o muy alto” de brotes zoonóticos impulsados por factores climáticos. Regiones que hasta hace poco estaban libres de estas patologías se han convertido en entornos aptos para su transmisión.
La primera consecuencia directa de esta situación es económica: más del 20 % de las pérdidas globales en producción de alimentos se deben a enfermedades provenientes del mundo animal5. En Argentina, según la Cámara Argentina de la Industria de Productos Veterinarios (Caprove), estas patologías generan pérdidas anuales equivalentes a alrededor de $60.000 millones de pesos, afectando la producción de proteínas de calidad y el acceso de la población a alimentos seguros.
“Este impacto económico convierte a la prevención en un tema clave de políticas públicas y seguridad alimentaria”, afirma Francisco Nacinovich, jefe de Infectología del Instituto Cardiovascular de Buenos Aires (ICBA), cofundador y exdirector de Investigación en Resistencia a los Antibióticos (INVERA).
La segunda tiene efectos directos en materia de salud. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 60 % de las enfermedades infecciosas humanas tienen origen animal y el 75% de las enfermedades emergentes son zoonosis, es decir, transmitidas de animales a personas. Como indica Tomás Orduna, exjefe del Servicio de Medicina Tropical y Medicina del Viajero del Hospital F. J. Muñiz de Buenos Aires, en el país, éstas “constituyen una amenaza activa en latente expansión: la rabia persiste en murciélagos y requiere mantener la vacunación en mascotas; el riesgo de contraer leptospirosis, que se transmite a través de la orina de ratas o perros infectados, es alto en las grandes ciudades, y la leishmaniasis visceral canina ya está presente en nueve provincias y puede ser mortal para humanos”.
La vigilancia, la vacunación y el cuidado ambiental son estrategias centrales para frenar su avance. También es clave promover el uso responsable de antimicrobianos en medicina humana y veterinaria, tanto para tratar infecciones diagnosticadas como para evitar su uso preventivo indiscriminado en animales sanos, ya que esto favorece el desarrollo y la diseminación de resistencia a antibióticos entre especies, lo que compromete el control efectivo de infecciones zoonóticas7.
Cambio climático como catalizador
El cambio climático y la degradación ambiental producto de la actividad del hombre están potenciando la aparición y propagación de enfermedades de origen animal. La modificación de hábitats naturales a causa de factores humanos como la deforestación y el uso excesivo de los recursos hídricos aumenta la vulnerabilidad de las especies hacia los virus y provoca el desplazamiento de especies portadoras —como murciélagos y roedores— hacia zonas habitadas por personas, aumentando el riesgo de transmisión.
La Organización Panamericana de la Salud señala que estas fuerzas se combinan con la urbanización no planificada, la invasión de zonas selváticas, el uso indiscriminado de la tierra y el agua y factores socioeconómicos que influyen en la dinámica de las enfermedades infecciosas8. Las consecuencias pueden ser graves si se tiene en cuenta que más del 52 % de las especies de mosquitos que transmiten virus humanos aumentan en número en áreas deforestadas, lo que potencia enfermedades como dengue, malaria y zika9.
De hecho, en América, mientras que entre 2014 y 2023 se registraron 3,8 millones de casos de chikungunya, solo en 2023 hubo más de 4,1 millones de infectados de dengue8 y, según un estudio internacional, para 2080 habrá 2.250 millones de personas más en riesgo de contraerlo10. Estas cifras ponen en manifiesto que la expansión de estos virus está asociada a la adaptación geográfica de los mosquitos que provoca el cambio climático.
Eventos extremos como lluvias intensas e inundaciones se han vinculado a brotes de leptospirosis y cólera en la región. A nivel global, una investigación publicada en Nature estima que el cambio climático podría provocar al menos 15.000 eventos de transmisión viral entre mamíferos de diferentes especies para 2070, lo que incrementa el riesgo de aparición de nuevas enfermedades zoonóticas. El aumento de la temperatura marina también favorece la proliferación de bacterias como Vibrio cholerae y potencia la capacidad infecciosa de otras como Shigella y la Salmonella.