Tras los rastros de los cazadores recolectores que habitaron zonas desconocidas de la Patagonia

Científicas estudian sitios arqueológicos en cercanías a la localidad chubutense de Camarones, para conocer a las antiguas poblaciones que habitaron esa geografía.

Lobos marinos, moluscos, guanacos, manantiales de agua dulce, materias primas disponibles para fabricar instrumentos, refugios para protegerse del viento, son algunas de las características que describen al área de Camarones, ubicada al este de la Provincia del Chubut en la costa norte del Golfo San Jorge.

Conformada por 39 islas y 6 islotes, actualmente forma parte del Parque Interjurisdiccional Marino Costero Patagonia Austral. Además, en este sitio se encuentra un importante acervo arqueológico, pero aún no había sido suficientemente investigado.

“Estudiarlo de forma continuada en el tiempo por primera vez nos permite empezar a conocer a las comunidades de cazadores recolectores que habitaron allí hace por lo menos dos mil años y cómo utilizaron en el pasado este ambiente de abundancia y multiplicidad de recursos naturales a disposición”, afirman las becarias posdoctorales del Instituto de Diversidad y Evolución Austral (IDEAUS-CONICET), Ariadna Svoboda y Anahí Banegas.

En estos sitios, la ocupación y uso del territorio por parte de las sociedades nómadas han dejado huellas de importancia arqueológica como los chenques, estructuras circulares de piedras, generalmente usadas como enterratorios, fogones, aleros con pinturas rupestres y también numerosos artefactos en piedra.

Para el equipo de trabajo, resultó trascendente estudiar la arqueología de la región pero en términos de aprovechamiento humano. Algunos de los estudios que se llevaron a cabo hasta ahora para adquirir información fueron muestreos en el área, con el objetivo de conocer la oferta geológica y determinar cuáles de las rocas disponibles en el ambiente podrían haber sido potencialmente utilizadas por los diferentes grupos.

Los artefactos de piedra o líticos hallados les representaron las evidencias arqueológicas más antiguas, ya que, dadas sus características, son las que frecuentemente más se conservan. “El estudio de la tecnología lítica nos brindó importante información sobre las adaptaciones humanas a los distintos entornos, sobre las tradiciones técnicas y las elecciones estilísiticas. Pudimos conocer, por ejemplo, qué rocas locales y no locales fueron elegidas y para qué, cómo se obtuvieron, con qué técnicas se trabajaron, las distintas tareas que se realizaron en las ocupaciones y los intercambios con otros grupos humanos”, indica Banegas.

Según los muestreos sistemáticos de material lítico realizados para este estudio, el área cuenta con una oferta importante de rocas de muy buena calidad para la talla, que fueron aprovechadas como materia prima por sus habitantes para elaborar las herramientas. También se encontraron numerosos artefactos realizados a partir de láminas de xilópalos o madera fósil. Esto podría deberse a la presencia de un yacimiento de bosque petrificado ubicado en Bahía Bustamante.

En el área, además de los instrumentos típicos de los cazadores-recolectores de la región -como las puntas de proyectiles, los cuchillos o los raspadores-, hallaron otros artefactos “como los rompecráneos o los filos denticulados, que nos están mostrando la presencia de la utilización de herramientas específicas para la captura y procesamiento de fauna marina”, explica Banegas.

Una de las disciplinas que utilizaron las científicas para conocer diferentes aspectos vinculados al comportamiento de los cazadores-recolectores que poblaron la zona es la zooarqueología, que estudia los restos de los animales que aparecen en sitios arqueológicos.

“Pudimos extraer mucha información de los huesos, a través de los rastros que quedan por el procesamiento y consumo humano de las presas. Estas marcas, que perduran en el tiempo, son huellas de cortes o quemaduras. Una de las cosas que nos mostraron los restos óseos de animales encontrados es que estos grupos humanos se alimentaban mayormente de la fauna marina del lugar”, indica Svoboda.

En el registro que las especialistas realizaron, aparecen de forma frecuentes restos de lobos marinos de un pelo (Otaria flavescens) y del lobo peletero (Arctocephalus australis). La población de esta última especie de mamífero pinnípedo se encuentra actualmente muy diezmada debido a que nunca pudo recuperarse de la intensa explotación comercial europea entre los siglos XVIII y XIX, propiciada en la zona. “Esta información nos permitió observar a través del registro arqueológico cómo se fue modificando el ambiente, su flora y su fauna, a lo largo del tiempo”, analiza la becaria.

A partir de la datación radiocarbónica del sitio arqueológico, las investigadoras pudieron constatar que la ocupación de los grupos indígenas se remonta a 2030 años. Esta cronología es la primera que se tiene para el área, y las científicas esperan obtener un número mayor de fechados a partir de otras muestras de carbón ya enviadas a datar.

El equipo de trabajo liderado por la investigadora principal Julieta Gomez Otero (IDEAUS-CONICET) que inició labores en el área a principios de la década del 90, tiene como objetivo conocer a los grupos humanos que poblaron esta región de la Patagonia y además una finalidad orientada a la vinculación con la comunidad de Camarones y a que puedan disponer de un recurso con potencial interés turístico. “A través de una serie de charlas, buscamos compartir el conocimiento adquirido y contribuir a fortalecer la memoria colectiva y la identidad de la comunidad. Además, estos saberes podrían ser utilizados para poner en valor el importante patrimonio arqueológico con el que cuentan”, concluyen.

 

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