ARNm: Sydney Breener descubrió en la década del 60 lo que en 2020 iba a ayudar a la ciencia

El 13 de mayo de 1961 no fue un día más para la historia de la investigación científica. Ni tampoco para la historia de la humanidad unos 59 años más tarde, cuando el mundo atravesaba el avance del COVID-19 y sus consecuencias.

¿Qué pasó ese día? Es simple: la revista científica Nature publicaba entre sus páginas el artículo “El intermediario inestable entre los genes y los ribosomas en la síntesis de proteínas”, el estudio que demostraba la existencia de una molécula capaz de actuar como intermediaria en la lectura del ADN y la producción de proteínas.

En otras palabras, se demostraba la existencia del ARN mensajero, hoy la plataforma por excelencia para el desarrollo y la producción de vacunas que está transformando las terapias y el acceso a la salud en todo el mundo luego de su probada capacidad contra el coronavirus.

ARN mensajero: su descubridor

Nacido en Sudáfrica en el año 1927, Sydney Brenner fue un investigador que realizó importantes contribuciones a la biología molecular y a la genética. En la década de 1960, junto a sus colegas Francois Jacob y Matthew Meselson, el científico hizo uno de los descubrimientos más importantes de su carrera: la identificación de la molécula de ARN mensajero (ARNm), un hallazgo crucial para comprender cómo funciona el código genético.

Tras este paso trascendental para la ciencia, la investigación sobre el ARNm ha llevado a numerosos avances en biología molecular, y ha permitido el desarrollo de nuevas terapias y vacunas a través del entendimiento de la expresión génica y de cómo se produce la síntesis de proteínas en las células.

Breener dedicó su vida a la investigación científica, aportando sólidas bases a la biología molecular que le valieron muchos reconocimientos, incluyendo el Premio Nobel de Medicina en 2002.

Con el potencial de transformar la salud mundial

La plataforma de ARN mensajero ha supuesto una auténtica revolución en el mundo de la inmunización. Hasta ahora, el método más utilizado consistía en inyectar gérmenes atenuados o inactivados, pero gracias al ARN mensajero, nuestras células son capaces de producir proteínas específicas que desencadenan una respuesta inmunitaria contra el virus. La gran ventaja de este método es que no se necesita crear proteínas artificiales en laboratorios, lo que sería muy costoso y complicado. En cambio, el ARN mensajero permite que nuestro propio organismo se encargue de todo el trabajo.

Esta tecnología demostró enormes ventajas no solo por la rapidez en la que se pudieron desarrollar las vacunas contra COVID-19 y lo sencillo que se pudo escalar su producción en grandes cantidades en todo el mundo, sino también porque las mismas obtuvieron una eficacia superior al 90%. Además, las vacunas de ARN mensajero provocan la producción de células inmunitarias, lo que ofrece una defensa adicional a los anticuerpos.

Finalmente, el código del ARN mensajero puede adaptarse fácilmente para generar proteínas presentes en otros patógenos. Por ello muchos fabricantes de medicamentos lo llaman el “software medicinal”. A partir de esta capacidad de adaptación, y siguiendo los buenos resultados que tuvieron las vacunas contra el COVID-19, se está estudiando la eficacia de este método con distintos virus, como el del VIH y la influenza, el síndrome sincicial respiratorio, el citomegalovirus, e incluso contra algunos tipos de cáncer. El descubrimiento de Breener representa un gran avance en la lucha contra las enfermedades infecciosas y posiblemente permita avanzar en tratamientos para aquellas patalogías que aún no cuentan con uno.

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