Cordobesas descubren cómo los tumores de tiroides se vuelven más agresivos

El cáncer de tiroides es la enfermedad maligna del sistema hormonal más frecuente. Y aunque por lo general se trata con éxito, el dos por ciento puede progresar hacia tipos tumorales más agresivos, devastadoras y de peor pronóstico.

Ahora, científicas cordobesas identificaron en el laboratorio un mecanismo que promueve la progresión de este tipo de tumor.

“Podría ser muy importante a la hora de pensar futuros tratamientos combinados”, indicó Laura Fozzatti, del Centro de Investigaciones en Bioquímica Clínica e Inmunología (Cibici), del Conicet y la Universidad Nacional de Córdoba (UNC).

Durante mucho tiempo, el estudio del cáncer se centró en la célula cancerígena e ignoró a otras que integran el tejido tumoral y le dan sostén: las células estromales. Sin embargo, podrían jugar un rol clave en la patogenia.

El nuevo estudio fue publicado esta semana en Scientific Reports y difundido por la Agencia de noticias científica Cyta del Instituto Leloir.

Fozzatti y sus colegas estudiaron “in vitro” la relación entre células estromales muy abundantes en tejido tumoral, los fibroblastos, y las células malignas de la tiroides.

Y descubrieron una inquietante “interacción dinámica” entre ambas: las células tumorales liberan sustancias que activan a fibroblastos normales, que a su vez aceleran el proceso tumoral.

“Incrementan la proliferación y la capacidad de invasión por lo que generan un tumor más agresivo”, puntualiza Fozzatti, quien pertenece al laboratorio de Endocrinología Tiroidea que lidera Claudia Pellizas en el Cibici.

El objetivo de Fozzatti ahora es comenzar a caracterizar estas sustancias libradas por el tumor que activan a las fibroblastos y también describir a estas células de sostén activadas. “Estamos viendo si se podrían reprogramar para desactivarlas y así atenuar la acción promotora del tumor”, detalla.

Pero advierte: “Por supuesto, faltan aún muchos estudios para poder hacer la traslación a la terapia oncológica humana de estos hallazgos”.

Colaboración internacional

La investigadora estuvo más de cuatro años en el Instituto Nacional de Cáncer en EE.UU. con un beca posdoctoral y luego volvió al laboratorio de Córdoba donde se formó.

“Mantuve una relación muy buena con mi jefa del posdoctorado. Así que pude volver a hacer una colaboración por cuatro meses a partir del cual hicimos este descubrimiento”, comenta.

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