¿En qué nos interpela la FaceApp?

Resulta llamativo que, si bien la aplicación brinda distintas posibilidades de jugar con la propia imagen, la que más se usa y causa furor, es el juego con la imagen envejecida. Indudablemente remite a lo inquietante que nos resulta envejecer, en especial si esa imagen se nos hace presente repentinamente, como provoca la aplicación. Causa risa, se hacen memes, pero sabemos desde Freud que el humor es una de las formas de tramitar lo siniestro.

Por Graciela Zarebski, directora de la Maestría y el Doctorado de Psicogerontología y vicedecana de la Facultad de Humanidades, Ciencias Sociales y Empresariales. 

Lo importante – y acá se juega como siempre el uso que le damos a las nuevas tecnologías – es qué efecto nos produce luego de la primera impresión: algunos quedan prendidos del sutil horror que les causa y les consolida la idea de lo horrible que es envejecer. Rompe en ellos la ilusión de eternidad, de imagen ideal e incorrompible.

Son los que defienden empecinadamente la imagen actual, recurso facilitado hoy en día por tantos productos que se ofrecen en el mercado para tapar esa evidencia descorazonadora.

Mientras que a otros les da un puntapié para tomar conciencia de que si tienen suerte, también ellos llegarán a viejos, sabiendo que la imagen es sólo una parte de su identidad. El espejo envejecido podrá reflejar no sólo arrugas y flacidez, sino una belleza interior que también se reflejará ante los otros.

Poder reconocerse en el espejo envejecido – aceptar que esa imagen está en continuidad con la identidad actual –  implica trabajar desde jóvenes para lograrlo. Como todo en la vida, requiere trabajo. Trabajo para el autocuidado de la imagen, pero también trabajo para mantenerse activo mental y físicamente.

Integrar al presente la propia perspectiva de vejez es no engañarse, es aceptar la inconsistencia de nuestra imagen actual, la fluctuación que debemos soportar en el entramado dinámico de nuestra vida: somos lo que somos ahora pero también somos lo que seremos en el futuro. Por eso decía Jorge Luis Borges en el cuento “Veinticinco Agosto, 1983¨, en el que juega con su doble envejecido: ¨la verdad es que somos dos y somos uno¨. Somos el yo presente pero también somos el yo futuro.

El reconocimiento del envejecer, es un espejo más verdadero y es una revelación.

Aprovechemos estas creaciones tecnológicas para adquirir más sabiduría, ya que, para llegar a ser un viejo sabio, hay que ser sabio antes.

Lo que pone en juego este proceso complejo de elaboración es la posibilidad de ser flexibles frente a la metamorfosis que conlleva el paso del tiempo en la imagen, entre otros cambios. Y por lo tanto, implica autocuestionamiento.

Alcanzan una buena vejez  los que -por no ser ´Narcisos´- pueden ´verse´ a sí mismos en su condición humana, y aceptan las transformaciones a las que nos llevará el paso del tiempo.

Ojalá la aplicación sirva para preguntarnos: cómo quiero llegar? Y poner manos a la obra en la construcción de nuestro futuro, que comprende armar una reserva, no sólo económica y cognitiva, sino también una reserva espiritual, emocional, corporal y de vínculos diversificados, siendo plásticos en todos estos órdenes. En suma, nuestra reserva humana para una longevidad satisfactoria.

La clave: armar, desde joven, una identidad flexible para adaptarse a los cambios que la vida conlleva, transformándonos en la mejor versión de nosotros mismos.

En Modo Avión entrevistamos a Graciela Zarebski, directora del doctorado en Psicogerontología de la Universidad Maimónides y dialogamos sobre éste tema. Asegura que no hay que “poner todo” en la imagen exterior y que las personas deben prepararse para envejecer bien, en el programa que conduce Pablo Sigal junto a Mario Esman.

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