Nuevos aportes historiográficos para entender el período independentista

Gabriel Di Meglio analiza el quiebre historiográfico que, desde los ochenta, cambió la manera de mirar este período fundamental de la historia argentina y latinoamericana.

A partir de los ochenta, y durante las últimas décadas, las investigaciones historiográficas comenzaron a indagar y revisar de manera profunda los períodos revolucionarios e independentistas de toda América. Los trabajos de José Carlos Chiaramonte y de muchos otros historiadores pusieron en duda o complementaron los relatos históricos tradicionales y se produjo un quiebre muy grande a nivel de historiográfico. ¿Qué fue lo que cambió? El historiador Gabriel Di Meglio* analiza cuáles son algunas de las nuevas miradas en torno a un período sinigual en la historia Argentina y latinoamericana.

El primer cambio fundamental en la historiografía es afirmarla ausencia de una identidad nacional en 1810. Según los nuevos estudios, es imposible para esa época pensar los inicios de la Argentina como un país independiente, porque “Argentina” es una construcción posterior a la Declaración de la Independencia. Entonces, no es Argentina la que se independiza de España. “Se crea un país: las ‘Provincias Unidas en Sudamérica’ o, según otros autores, las ‘Provincias Unidas del Río de la Plata’, pero ya la vaguedad de su nombre demuestra que no tiene un límite definido ni evidente sobre quién va a estar y quién no va a estar”, indica Di Meglio.

A partir de la experiencia de la Revolución y de la Guerra de la Independencia, se va a ir construyendo poco a poco una identidad nacional que en las décadas siguientes se consolida. “Para la década de 1830 ya se evidencia una identidad argentina, pero es una consecuencia de este momento revolucionario y no al revés”, explica el historiador y agrega: “Las corrientes historiográficas anteriores (la liberal y la revisionista) compartían la idea esencialista de la preexistencia de la Nación”. Los criollos no compartían una “identidad argentina”, sino una identidad local y, más aún, latinoamericana. Algunos de ellos peleaban por la causa del Rey; otros eran más revolucionarios.

Un segundo aspecto sustancial para entender el período independentista es considerar el importante peso que tuvo la movilización popular. Antes, a la historia llamada “Patria” solo le interesaba mostrar las odiseas de grandes personajes, es decir, se centraba en los grandes próceres de la patria y sus acciones. “Esta historia cambió por estudios que muestran a la sociedad completa en el período de la Independencia —dice Di Meglio—, estudios que muestran los modos en que las clases populares fueron actores importantes de estos procesos”.

Para las clases populares, la Revolución no implicó solamente conseguir la independencia política, sino que también se fueron de a poco transformando otros aspectos de la sociedad, tres de los cuales vale la pena destacar: 1) Muchos de quienes lucharon por la causa de la revolución encontraron allí una oportunidad de ascenso simbólico. Al formar parte del bando de “los buenos” patriotas y al convertirse los españoles en “los malos”, se igualaron simbólicamente aquellos que antes tenían un lugar jurídicamente inferior, por ejemplo, los que no tenían piel blanca. 2) Por eso, otra de las consecuencias de la Revolución va a ser el fin del sistema de castas mediante el cual las personas que no eran de color blanco eran consideradas jurídicamente inferior. “Esto no quiere decir que va a dejar de existir una marcada desigualdad social, pero ya no va a ser jurídica” indica Di Meglio y señala que en el período colonial, ante un mismo delito, las personas blancas recibían penas distintas a las de color. 3) Otro punto es el gran debilitamiento de la esclavitud porque, en 1813, se declara la libertad de vientre (por lo cual no pueden nacer esclavos nuevos) y se prohíbe la compra de nuevos esclavos (1812). La idea de los dirigentes era que cuando muriesen los últimos esclavos, se terminara la esclavitud, pero no la abolieron por completo. Sin embargo, muchos esclavos varones obtuvieron la libertad al alistarse en los ejércitos. Por todos estos aspectos, Di Meglio afirma que es imposible comprender el proceso político de esos años sin tener en cuenta que involucró activamente a toda la sociedad.

Autonomía, no independencia

El tercer gran cambio historiográfico, y el más importante de los últimos años, es el hecho de haber comprendido que el proyecto de 1810 no fue el de la independencia (como la conceptualizamos hoy), sino uno de autonomía dentro del Imperio Español. Este aprendizaje fue posible gracias a los estudios conceptuales que han mostrado cómo fueron cambiando los significados de algunas palabras clave ya que, muchas veces, habían sido interpretadas anacrónicamente. La palabra “independencia” —ejemplifica Di Meglio—no quería decir lo mismo en 1816 que ahora. “Independencia” con el actual sentido sería “independencia absoluta” para ellos. “En 1810, el proyecto de Mayo, el de la Junta, es conseguir autonomía dentro de la monarquía española, es decir que desea construir una monarquía federal. Esto implica dejar de ser colonia para convertirse en una parte igual de España. Este proyecto (1810-1815) fue bastante borrado dentro de la Historia Argentina. La Independencia, que es el resultado final, se llevó todas las miradas”, sostiene Di Meglio respaldado por numerosos estudios.

Entre las dos fechas emblemáticas, 1810 y 1816, se disputan dos proyectos: el proyecto independentista, que es minoritario, y un proyecto autonomista. Sin embargo, el proyecto autonomista finalmente naufraga cuando el rey Fernando VII vuelve al trono de España, en 1814, porque no quiere negociar ningún tipo de autonomía con los revolucionarios moderados. Las opciones que quedan son: rendirse o declarar la Independencia. Así, el proyecto autonomista desaparece porque deja de tener razón de ser, pero para los revolucionarios que no quieren volver al sistema colonial anterior, lo único que les queda es declarar la independencia. Eso es lo que pasa en 1816. Di Meglio reflexiona: “Yo creo que el recuperar ese proyecto autonomista, darle una entidad y mostrar que los revolucionarios de 1810 tenían dos proyectos diferentes —uno más moderado y otro más radical— es uno de los cambios más fuertes que hubo en las últimas décadas en el estudio de estos temas. Te permite entender las diferencias entre los propios revolucionarios; se ve la tensión que hay entre ambos grupos. Esto nos presenta un escenario mucho más complejo que una simple bipolaridad entre patriotas y realistas”.

Los cambios a nivel historiográfico no se agotan en estos tres primordiales. También se han estudiado las consecuencias económicas de la Revolución y cómo se modificó el sistema productivo y comercial por el quiebre de los circuitos de las minas de Potosí que provocó, indirectamente, el ascenso de Buenos Aires en lo económico. Por otro lado, algunos historiadores todavía se debaten cuán determinante fue la invasión napoleónica a España en 1808 para el derrumbe de la monarquía. Finalmente, la mayoría de los autores parece estar de acuerdo en que no es posible analizar estos procesos sin una perspectiva transnacional. “No se puede estudiar Argentina sin tener en cuenta lo que está pasando en Venezuela, Colombia, México y viceversa, porque es un proceso general que se da al mismo tiempo y por las mismas razones: el desmoronamiento de todo el Imperio Español”, sintetiza el investigador y para la presente ocasión reflexiona: “Lo interesante es que cada año, cuando llega la efeméride, uno vuelve a pensar en el hecho histórico, pero siempre aparecen nuevas perspectivas, otras maneras de mirarlo y surgen nuevas preguntas a un período que siempre tiene algo nuevo para contar”.

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