Antártida: historias de una tierra reservada para la paz y la ciencia

El 22 de febrero se conmemora la primera ocupación argentina en ese continente. Con su trabajo, los científicos reivindican la soberanía nacional.

“Paisaje único” y “casi extraterrestre”. Así definen dos científicos del CONICET en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata (FCNyM, UNLP) al mejor sitio en que pudieran haber imaginado trabajar: la Antártida. Ese lugar al que –aseguran– “ningún otro se le parece” y donde “la posibilidad de morirse es real y está siempre latente”, dicen con entusiasmo Leopoldo y Esteban Soibelzon, hermanos y paleontólogos que atesoran anécdotas que van desde las más soñadas hasta aquellas en las que la falta de comunicación y la distancia cargaron de angustia. Ese punto de la Tierra en que hay que aprender a leer el hielo antes de caminar encima y las nubes para adivinar la intensidad que tendrá el viento horas más tarde.

Este continente de 14 millones de kilómetros cuadrados ubicado en lo más austral del hemisferio sur, aislado y de clima hostil –a pesar de que al momento de esta nota registra una temperatura récord de casi 20 grados centígrados– es el laboratorio natural de científicos de todo el mundo que llegan para estudiar y conocer sus formas de vida, geografía y condiciones ambientales pasadas y presentes. “Reserva consagrada a la paz y a la ciencia” es la denominación que le dieron los países firmantes del Tratado Antártico, el acuerdo global que rige las relaciones internacionales en torno al territorio, rubricado en 1959 inicialmente sólo por doce naciones y que para 2019 ya eran cincuenta y cuatro.

Argentina se encuentra entre la docena de países que firmó el tratado en primera instancia, y hasta el día de hoy reivindica la soberanía nacional sobre una porción de casi un millón y medio de kilómetros cuadrados conocido como “Sector Antártico Argentino”, que cada 22 de febrero desde 1974 celebra su día en homenaje a la primera ocupación humana en el lugar. Existen allí seis bases científicas permanentes –la más grande es Marambio– y otras siete temporarias, que sólo se abren cada verano para recibir a unos 170 biólogos, paleontólogos, geólogos y glaciólogos, entre profesionales de otras disciplinas, que se instalan durante una temporada recogiendo datos y muestras que les servirán para sus investigaciones.

Toda la actividad científica nacional se enmarca en el Plan Anual Antártico que cada año traza la Dirección Nacional del Antártico (DNA), el organismo encargado de coordinar y llevar adelante los lineamientos políticos alusivos al denominado continente blanco. En este esquema, la promoción del desarrollo científico y tecnológico queda en manos del Instituto Antártico Argentino (IAA), que divide los proyectos en tres áreas: Ciencias de la Vida, Ciencias de la Tierra y Ciencias Físico Químicas e Investigaciones Ambientales. El personal es trasladado a las distintas bases según la zona en la que vayan a armar sus campamentos. “Una parte viaja en el buque rompehielos ARA Almirante Irízar, de hecho algunos se quedan trabajando allí embarcados. Otros van en los aviones Hércules C-130 de la Fuerza Aérea”, explica Walter Mac Cormack, director interino del IAA.

Desde los campamentos, que se asientan siempre cerca de las costas, los equipos científicos salen todos los días temprano hacia los sitios a explorar, acompañados por expertos en logística que conocen cada rincón y bajo condiciones climáticas que lo permitan. “Normalmente se trata de lugares alejados e incómodos, en altura o de difícil acceso. Cuando terminan, se llevan los materiales recogidos en cuatriciclos, salvo que sean muy pesados y en ese caso los dejan en cajones para que más tarde, con las coordenadas indicadas, un helicóptero los levante y transporte hacia la base”, cuenta Marcelo Reguero, profesional principal del CONICET en la FCNyM e investigador del IAA, quien participó nada menos que de treinta y cuatro  campañas antárticas.

A propósito de la fecha, Mac Comarck reflexiona que “más allá de una ocupación física, sin dudas es la actividad científica la que permite ejercer la soberanía nacional en el territorio y sólo ella valida a una nación a permanecer en el continente. El resultado de esa presencia en nuestra Antártida está representada fundamentalmente por las publicaciones en revistas especializadas y el asesoramiento que los científicos brindan en los foros internacionales donde se tratan y deciden las normas a seguir”.

Actualmente miembro del Comité Científico para la Investigación Antártica (SCAR, por sus siglas en inglés), Reguero expresa: “En la Antártida pasé algunos momentos malos y muchísimos excelentes. Yo no pensaba dedicarme a trabajar allí pero fui una vez y me atrapó, así que volví durante cuarenta años. Es toda una vida en la que me formé con los mejores maestros y ahora estoy orgulloso de volcar mi experiencia en el área de paleontología de vertebrados para representar a la Argentina y contribuir a que se posicione entre los primeros países del mundo en generación de conocimiento”.

 

Temporales de nieve y dolor de muelas

A sus 50 y 42 años respectivamente, Leopoldo y Esteban estuvieron en la Antártida siete veces uno y seis el otro. En tres ocasiones lo hicieron juntos, aunque en la primera las complicaciones de logística los mantuvieron aislados y sólo lograron encontrarse personalmente al final de la estadía. “Allá pasa este tipo de cosas: te vas un día y no sabés cuándo vas a volver porque hay que esperar a que manden un avión y ver si hay lugar. De los campamentos hay que salir con ropa y comida como para veinte días aunque te alejes trienta kilómetros, por cualquier eventualidad”, reflexionan.

Entre las experiencias más extremas que recuerdan aparece un temporal que los obligó a circular en motos de nieve durante dos horas y media hacia el refugio más próximo “completamente a ciegas y chocando el vehículo delantero para asegurarse de seguir en fila india”. También cuentan otras memorias menos riesgosas pero igualmente indeseables: “Los dos sufrimos el quiebre de una corona dental. Es algo que suele suceder por el cambio de temperatura entre el frío externo y el calor de adentro. Lo mismo que tener una caries o dolor de muelas: no se puede hacer absolutamente nada, hay que aguantar”.

Dedicados al estudio de la fauna sudamericana de hace dos millones y medio de años, los Soibelzon trabajan a tres laboratorios de distancia en el subsuelo del Museo de La Plata y juntos lideran un grupo de investigación formado por alrededor de diez científicos. La posibilidad de encarar una investigación propia en Antártida les llegó en 2009 con un proyecto dirigido por el investigador del IAA Javier Negrete para analizar un grupo de más de 300 focas momificadas de la especie Lobodon carcinophagus, llamadas coloquialmente “cangrejeras”, aparecidas bajo suelo congelado en un sitio elevado: a 35 o 40 metros sobre el nivel del mar, algo extraño teniendo en cuenta que son animales que viven y se reproducen sobre el hielo marino y nunca forman colonias en la playa.

Durante sus sucesivas campañas, se concentraron en desentrañar por qué aparecieron en ese lugar, cómo llegaron, y de qué murieron. Así, realizaron necropsias a más de veinte ejemplares que incluyeron estudios virológicos, datación por carbono 14 –el método más utilizado para calcular la edad de materiales biológicos–, y determinación de edad a través de cortes en los dientes. El avance en la investigación derivó en la relación que guardan con las poblaciones actuales de la misma foca, y entonces el trabajo y los viajes continuaron pero ya orientados a la biología de base, es decir pesaje y medición de individuos, extracción de sangre para análisis bioquímicos, estudios de parásitos, y todo lo que contribuya al conocimiento y descripción general de la especie.

Aun después de tantos viajes, siguen considerando al aislamiento y la falta de comunicación el costado más tortuoso de las estadías en territorio antártico. Además de acostumbrarse a no contar con Internet en los refugios –sólo hay en algunas bases, a las que acuden en promedio una vez por semana–, aseguran que lo difícil es autoconvencerse de que no podrán volver a casa ante un problema ni resolver ninguna cuestión familiar, laboral o de otra índole que requiera su presencia. “En lo personal, me pasó que mi hijo sufrió una fractura y fue durísimo no estar durante su operación y tratamiento porque no había disponibilidad aérea para regresar”, recuerda Esteban.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *