Mediante abonos orgánicos, buscan remediar suelos contaminados con insecticidas

Algunos agroquímicos pueden persistir en los agroecosistemas y afectar de forma negativa al ambiente y a los seres vivos. Un estudio de la FAUBA logró duplicar la velocidad a la que se degrada el endosulfán en suelos hortícolas del AMBA por medio de enmiendas naturales.

Por: Sebastián M. Tamashiro

Los agroquímicos que se aplican en los agroecosistemas pueden degradarse muy lentamente en los suelos y causar problemas ambientales.

En particular, los insecticidas endosulfán y clorpirifós se consideran contaminantes globales, ya que se los detectó en el aire, en el agua, en el suelo y hasta en alimentos de diversas regiones del planeta.

En la Argentina se usaron extensivamente en numerosos cultivos y todavía se los encuentra en el ambiente.

En este marco, un estudio de la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA) analizó la posibilidad de aumentar la velocidad a la que los microorganismos del suelo degradan ambos insecticidas, estimulándolos con el agregado de diversos abonos orgánicos. Si bien se duplicó la degradación del endosulfán, la del clorpirifós se redujo a la mitad.

El trabajo plantea contribuir a la transición agroecológica de los productores hortícolas del AMBA.

“La presencia de plaguicidas en el suelo de los agroecosistemas es un tema que preocupa a cada vez más personas por sus posibles impactos en el ambiente, en la salud y en la provisión de alimentos. Yo trabajé con endosulfán y clorpirifós, dos de los insecticidas que más se difundieron en la Argentina durante muchos años y que se detectan en sedimentos de ríos, en cuerpos de agua y en diversos organismos vivos”, sostuvo Sonia Cabrera, docente del Departamento de Ingeniería Agrícola y Uso de la Tierra de la FAUBA, y estudiante de doctorado de la Escuela para Graduados ‘Ing. Agr. Alberto Soriano’ bajo la dirección de Marta Zubillaga, docente de esa Facultad.

“El endosulfán es un compuesto tóxico y persistente en el ambiente, que además se acumula en los organismos vivos. Se prohibió en muchos países a partir del convenio de Estocolmo, incluida la Argentina desde el 2013. Por otro lado, diferentes organismos internacionales están estudiando el clorpirifós por sus posibles efectos neurotóxicos. En Hawái se prohibió y en Europa se restringió su uso. En nuestro país es uno de los insecticidas que más se aplica. Aunque existe información de cuánto pueden persistir en el ambiente, es un rango muy amplio y no tiene en cuenta la heterogeneidad de las condiciones en las que se los usa”, explicó.

La investigadora puntualizó que los microorganismos del suelo son los principales responsables de degradar estos insecticidas, transformándolos en compuestos menos tóxicos. Entonces, mediante abonos orgánicos buscó estimular el desarrollo de la comunidad microbiana de suelos provenientes del cinturón hortícola del AMBA y evaluó cómo se modificó la velocidad de degradación de los contaminantes. Sonia aclaró que eligió enmiendas que los productores de la zona conocen y usan, y que además son compatibles con la continuidad de la producción.

En su ensayo, Cabrera trasladó muestras de suelo hortícola al laboratorio, les aplicó los insecticidas y analizó cómo se redujeron sus concentraciones al añadir tres abonos orgánicos. “Observé que en el suelo al que le agregué bokashi, el endosulfán se degradó dos veces más rápido que en el suelo sin enmiendas orgánicas. El bokashi se elabora en base a residuos vegetales y animales, melaza, levadura y carbón. Registré un resultado similar usando cama de pollo, que es el material que cubre el piso de los galpones de cría avícola, compuesto por cáscara de arroz o aserrín y excremento de aves, entre otras cosas”.

Respecto al clorpirifós, la investigadora señaló que se degradó dos veces más lento tanto con el bokashi como con la cama de pollo. “Esto coincide con trabajos académicos que muestran que cuando este insecticida entra en contacto con la materia orgánica del suelo queda poco disponible para que los microorganismos lo metabolicen”.

En este sentido, añadió que estos resultados muestran la gran complejidad de pensar las enmiendas orgánicas para biorremediar suelos, ya que cada una estimula la degradación de un contaminante sintético en particular. También destacó que la realidad hortícola es mucho más complicada porque existen numerosos plaguicidas en el suelo.

Agroecología, ciencia y alimentos

“Hace algunos años, la Defensoría del Pueblo de la Nación encontró insecticidas en suelos y alimentos provenientes de producciones hortícolas del AMBA. Tanto productores como consumidores nos preocupamos por esta problemática y queremos impulsar una transición agroecológica hacia otro modo de vivir y producir. Es necesario investigar cómo remediar los suelos de esta región, que proveen alimentos a millones de personas y, al mismo tiempo, planificar la forma de reducir las aplicaciones de agroquímicos y producir alimentos sanos”, resaltó Cabrera.

Asimismo, comentó que este año presentó su investigación en el primer Congreso Nacional de Agroecología, en Mendoza, en el que diferentes grupos de investigación, extensionistas, productores y estudiantes se reunieron a debatir sobre el presente y futuro de los modelos alternativos de producción. “Estos espacios de encuentro y organización resultan muy interesantes y enriquecedores para conocer qué líneas se están trabajando y potenciar nuestros esfuerzos”.

Por último, concluyó: “Tengo que cerrar mis ensayos en el laboratorio. Luego, me gustaría llevar mis investigaciones a escala de campo. Creo que el enfoque de biorremediación de suelos con presencia de insecticidas es novedoso, de gran interés ambiental y, sobre todo, necesario para avanzar hacia la agroecología”.    

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