“Si yo me vacuno, no solo me estoy protegiendo a mí, estoy cuidando a todos”

Romina Libster llama a no bajar la guardia frente a enfermedades hoy desaparecidas en la Argentina para evitar la posibilidad de que surjan nuevos brotes.

En el año 2009, cuando tuvo lugar la pandemia de gripe A (H1N1), Romina Libster, investigadora adjunta del CONICET en la Fundación para la Investigación en Infectología Infantil (INFANT),  trabajó junto a otros médicos e investigadores en la realización de un estudio para identificar a los grupos de riesgo de enfermedad severa a los que debía incluirse en las recomendaciones de vacunación, que permitió que al año siguiente, alcanzando niveles altos de cobertura, no se registraran casos de internación por infección de este virus.

Especialista en el estudio del impacto de enfermedades inmunoprevibles asociadas a la mortalidad infantil, Libster considera a la vacunación como un acto solidario que no sólo protege a quien la recibe directamente, sino también a aquellos miembros de la comunidad que, por distintas razones, pueden no estar inmunizados contra determinados patógenos.

¿Cuál ha sido el impacto de las vacunas a nivel mundial?

Después del agua potable son la intervención que más ha logrado disminuir la mortalidad en el mundo entero. Salvan entre 2 y 3 millones de vidas todos los años. Son, sin duda, uno de los grandes logros de la salud pública del siglo XX. No tenemos vacunas para todas las enfermedades infecciosas, pero sí para muchas que son potencialmente mortales y devastadoras. Hoy en día, por sólo poner un ejemplo, ya hay muchos lugares en el mundo que están libres de poliomielitis, pero antes de la aparición de la vacuna fallecían miles de personas todos los años y otros quedaban con graves secuelas a causa de esta enfermedad.

¿Cómo se logra eliminar una enfermedad en una comunidad a través de una vacuna?

Para que eso suceda, entre otras cosas, es crítico alcanzar una amplia cobertura de vacunación contra esa patología infecciosa. El beneficio de la inmunidad colectiva se logra  cuando hay en la comunidad un porcentaje de la población inmunizada por arriba del umbral determinado necesario para esa enfermedad. Cuando la cantidad de gente vacunada en la comunidad es mayor que ese umbral, al patógeno causante (se trate de un virus o una bacteria) le cuesta mas transmitirse y diseminarse y un potencial brote quedaría contenido. A medida que hay más y más gente que concurre a vacunarse empiezan a bajar muchísimo las tasas de infección y de mortalidad. Así pasó con la neumonía bacteriana, la meningitis, el sarampión o la tos convulsa.

¿Qué es la inmunidad colectiva?

La inmunidad colectiva es el beneficio indirecto que tienen personas dentro de una comunidad que no están vacunadas por el solo hecho de estar rodeadas de personas que sí lo están. Al disminuir la trasmisión y la diseminación del patógeno infeccioso, se genera una especie de escudo protector haciendo que estas personas susceptibles tengan menos chance de encontrarse con él y enfermarse. En toda comunidad hay personas que no pueden o no tienen indicación para recibir una determinada vacuna, sea por que no alcanzaron la edad suficiente  (por ejemplo, la del sarampión se recibe recién al año de vida) sea porque se encuentran con las defensas bajas por un tratamiento o una enfermedad o por alguna alergia especifica. Mas aun, también hay personas en las que una vacuna no alcanzó la respuesta esperada (hay que tener en cuenta que no son siempre 100% efectivas) haciéndolas susceptibles de enfermarse sin saberlo. En este contexto, las personas que se vacunan no sólo se están protegiendo a sí mismas sino también a todos aquellos que no pueden vacunarse. Es mas, mis vecinos vacunados tal vez me están protegiendo a mí que sí me vacuné pero no generé las defensas esperadas o yo los esté protegiendo a ellos sin saberlo. De este modo, vacunarse se transforma también en un acto solidario.

¿Cómo se logra la inmunidad colectiva?

Para alcanzar la inmunidad colectiva respecto de una determinada enfermedad se requiere que la cantidad de personas vacunadas contra la misma en una comunidad sea a mayor a un valor que se denomina umbral. Ese umbral depende de diversos factores, como las características del patógeno y las de la respuesta inmune o del patrón de reproducción del patógeno en cuestión, entre otros. Cuando este efecto se logra, aunque ingrese un caso importado de afuera, el virus o la bacteria no van a poder diseminarse con tanta tranquilidad y probablemente no se genere brote. En cambio, cuando el número de personas vacunadas está por debajo de ese umbral los patógenos encuentran menos resistencia para esparcirse y generar un brote de esa enfermedad.

¿Por qué cada tanto reaparecen casos o brotes de enfermedades que se consideraban erradicadas?

Es una pregunta con muchas respuestas. Mi mentora una vez me dijo “las vacunas son víctimas de su propio éxito. Al haber sido tan buenas en eliminar enfermedades gravísimas de muchos países, hicieron que muchas generaciones no las hayan conocido o padecido y esto hace que ya no las  perciban como un riesgo real. Entonces bajan la guardia y dejan de vacunarse”. Hay que tener en cuenta que el hecho de  que en una determinada comunidad se encuentre eliminada una enfermedad no implica que suceda lo mismo a nivel planetario. En Europa, por ejemplo, el sarampión circula aún en varios países por lo que cualquier viajante no inmunizado podría traer el virus consigo en el avión. Porque los virus y bacterias viajan con nosotros y no reconocen fronteras ni nacionalidades. Del grado de vacunación general de la población dependerá que pueda o no expandirse el patógeno y producirse un brote de enfermedad y, más aun, su reintroducción en una comunidad que ya lo había eliminado.

Algo similar ocurrió con la gripe A (N1H1), mientras duró el miedo que generó  la pandemia de 2009 muchísima gente concurrió a vacunarse, pero cuando el temor se mitigó la cobertura bajó.

Exactamente, el caso de la gripe es paradigmático de este tipo de comportamiento. Todos los años hay un montón de gente que debería vacunarse contra la gripe estacional que sin embargo no lo hace, pero si hay peligro de epidemia están todos en la farmacia haciendo cola para aplicarse la vacuna. Cuando no hay peligro inminente la gente tiende a bajar la guardia. Es fundamental la concientización de que los niveles de vacunación tienen que ser altos todo el tiempo, justamente para que las enfermedades eliminadas no se vuelvan a introducir.

¿Cómo pueden los médicos identificar un caso de una enfermedad que se piensa eliminada hace muchos años?

Es importante que las campañas de concientización para no bajar la guardia frente a enfermedades infecciosas que se consideran desaparecidas alcancen a todo el personal de salud. Los médicos y agentes de salud tienen que estar atentos y capacitados para tener la alerta de pensar y reconocer que ante un determinado cuadro clínico se podría tratar de una de estas enfermedades que no están acostumbrados a ver, o tal vez no vieron nunca, diagnosticarla y notificarla a tiempo. En esto el rol del los organismos de salud es crítico, poniendo a disposición los recursos necesarios, guías de manejo de casos sospechosos y confirmados, medidas de control de foco y un sistema de vigilancia eficiente que permita detectar, entre otras cosas, casos como el de la beba con sarampión que apareció hace unas semanas.

¿Qué ocurre con los posibles efectos adversos de las vacunas?

Todas las vacunas, como cualquier medicamento, tienen posibles eventos adversos. En el caso de las vacunas, la mayoría de estos eventos son leves y transitorios, como dolor e hinchazón en el lugar que fue aplicada la vacuna o alguna febrícula, pero los beneficios que ofrecen son muy superiores a cualquier perjuicio circunstancial que pueda aparecer. Es importante subrayar que para que una vacuna llegue al brazo de una persona tienen que haber pasado muchos años de investigación y que para ser aprobada tiene que cumplir requerimientos de seguridad muy rigurosos y ser evaluada por varios comités de especialistas y autoridades regulatorias que miran todo esto con lupa.

¿Cuál considerás que es el efecto de los discursos de los grupos que se oponen a las vacunas?

Entre las personas que no se vacunan o no llevan a vacunar a sus hijos, muchos lo hacen tal vez porque desconocen sus beneficios tanto individuales como comunitarios, otros porque tal vez se encuentran confundidos por las contradictorias informaciones disponibles al respecto. Internet y las redes sociales son un medio de comunicación a través del cual muchas opiniones no sustentadas por evidencia pueden tomar rápidamente un carácter masivo. Esto se suma a lo ocurrido con un trabajo publicado en 1998 en una de las revistas más importantes en medicina a nivel mundial  [se refiere al artículo “Ileal-lymphoid-nodular hyperplasia, non-specific colitis, and pervasive developmental disorder in children” publicado el médico británico, A. J. Wakefield en The Lancet en febrero de 1998] en el que se afirmaba que la vacuna triple viral (que es la que se administra para prevenir contra el sarampión, paperas y rubéola) estaba asociada al autismo. Por este artículo muchos padres en el mundo dejaron de vacunar a sus hijos. Sin embargo, desde aquel momento, además de los muchos estudios que ya se habían hecho, se han realizado decenas de investigaciones en todo el mundo y ninguna encontró una asociación entre el autismo y la triple viral a nivel poblacional. No sólo eso, sino que además una investigación encontró que este artículo era fraudulento, e incluso la revista se retractó por haberlo publicado, pero el daño ya estaba hecho. Todavía hoy, por desconocimiento, hay mucha gente que asocia a las vacunas con el autismo.

“Las vacunas salvan millones de vidas todos los años y  previenen discapacidades. Para gozar de este increíble beneficio, hay que vacunarse. Si yo me vacuno, no solo me estoy protegiendo a mí, estoy cuidando a todos.”, concluye la investigadora.

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